Obsesión

Ágata se miraba en el enorme espejo de su baño. Se miraba de un perfil y del otro, pero esa barriga seguía igual que hacía un mes. La acariciaba y se imaginaba cómo sería cuando estuviese de cinco o seis meses. Ese tiempo en el que la barriga es lo suficientemente grande como para que la gente sepa que la mujer está embarazada, pero no lo suficiente como para incapacitarla en su vida diaria. O eso pensaba ella por su previo embarazo. Tampoco es que esa idea le desagradara del todo, dado que pensar en ser el objeto de principal atención de alguien tampoco pintaba nada mal.

  • ¿Y si es niña? – le preguntaba a Antonio – Porque tiene que ser niña. Está claro.

Antonio era su marido desde hacía apenas tres meses. Era otro tipo más de los cinco matrimonios y divorcios. Antonio, al igual que los demás, era un hombre bueno que sentía cierta atracción por las mujeres trastornadas. Ni siquiera se había molestado en conocerlo o quererlo, para ella, él era un banco de esperma.

  • Ágata, tienes una falta de dos días. Aún puede ser que no estés embarazada – le contestó Antonio mientras se hacía el nudo de la corbata con indecisión.
  • Yo lo presiento, cariño – Ágata seguía mirándose en el espejo obviando la presencia de su marido – Como cuando me quedé embarazada de Marina. Podría decirse que percibí hasta el mismo momento en el que el ovario fue fecundado. Mi Marina salió del ovario izquierdo, por eso es tan rebelde – señaló. Antonio seguía preparándose para ir al trabajo sin hacer mucho caso al discurso de su mujer – Por cierto, recuerda que Marina llega a las seis y que tienes que ir a por ella al aeropuerto. Por fin se ha librado del mal nacido ese – susurró.
  • No te preocupes, lo tengo apuntado en la agenda. A las 4 tengo una reunión con el yesista y el carpintero. En cuanto termine, voy al aeropuerto – le contestó Antonio aun revisando su maleta antes de salir.

Se comprobó los bolsillos y besó a su mujer.

Ágata seguía imaginando su maternidad. Ser el centro de atención, que todos la cuiden y, lo más importante, tener una niña a la que poder vestir como si fuera una muñequita.

¿Y si sale niño? Pensó. No puede salir niño. Es imposible ¿Qué hago yo con un niño?

Movió la cabeza intentando sacar esa idea de sus pensamientos. Para ella era impensable la posibilidad de tener un varón naciendo de entre sus entrañas. La simple idea le daba arcadas.

Cuando Marina llegó a casa, Ágata la esperaba tumbada con los pies en alto en el sofá de su casa. Según ella expresaba continuamente mediante lamentos, no podía moverse debido a su estado y se había acomodado ciertos puntos de su casa para poder relajarse. Además, habían contratado a una limpiadora, Emilia, para que se encargara de las tareas del hogar. Aunque ahora con su hija en casa probablemente pudiesen repartirse las tareas domésticas con ella. A Ágata le agradaba la idea de que la ayudasen en casa, pero el hecho de que fuera sudamericana le hacía pensar que probablemente tenía la mano muy larga. Por si acaso, ella guardaba las cosas de valor en su joyero con la llave.

  • Mi hija querida – dijo cuando vio a Marina entrar en la habitación, la cual se acercó al sofá y le dio dos besos – Mira como está tu madre. Claro, la dejas sola para irte con ese maltratador.
  • ¿Cómo estás, mamá? – contestó, ignorando sus acusaciones. Un año antes, Marina escapó de un brote psicótico de su madre con su amor a primera vista. Para Ágata, Marina se había regresado por el mismo motivo por el que ella se había divorciado cinco veces, porque eran unos maltratadores en la visión del mundo de ella.
  • Pues, cariño, mañana tengo que ir al centro de salud para comprobar si estoy embarazada. Aunque yo tengo claro que sí hija mía, lo he notado en mis ovarios – Ágata se acarició el vientre como llevaba haciendo horas.
  • Pero, mamá, eso lo tiene que decir un profesional.
  • ¿Qué sabrán ellos?
  • Bueno, mamá, quizás deberías de cuidarte un poco. Tienes cuarenta y nueve años y formas parte del grupo de riesgo – señaló Marina, percibiendo que sus palabras estaban siendo ignoradas por su madre – Voy a dejar mis cosas en mi habitación. ¿Cuál es la mía?
  • Cariño, lo cierto es que no te he preparado una habitación en esta casa. Y cuando nos mudamos regalé todas tus cosas a Cáritas, si vieras la cara de felicidad que pusieron las monjas al ver tanta ropa nueva… – dijo Ágata con una sonrisa inocente.

Marina no dijo nada. Simplemente se giró, se contuvo y suspiró en un intento de no montar un espectáculo. Ella estaba bastante acostumbrada a las alucinaciones de su madre, por lo que, generalmente, prefería no echar más leña al fuego. Enfrentarse a su madre lo único que provocaría era una Tercera Guerra Mundial.

Revisó aquella enorme casa para comprobar cuál de las grandes habitaciones podía acomodar como suya. Identificó fácilmente la que era la habitación de su madre y, quitando esa, aún tenía cuatro habitaciones para elegir. Supuso que la que estaba decorada con motivo infantil sería para el onírico bebé, o sea que eligió otra que era pequeña, pero muy luminosa.  Tenía un gran ventanal que daba a un descampado completamente lleno de vegetación. La vista le permitía ver a lo lejos los grandes rosales que daban nombre a su ciudad: Villa del Rosal. Colocó su gran maleta encima de la cama desnuda y empezó a deshacerla con tranquilidad.

  • Lo siento, Ágata, pero no está embarazada – dijo el médico de cabecera después de revisar el test de orina.
  • Eso es imposible ¿He tenido otro aborto? – preguntó nerviosa mientras se agarraba la barriga.

Ágata sabía de la inutilidad de sus actos pues era la quinta vez que se repetía esa escena, pero empezó a llorar sin parar. El doctor Manzanares le ofreció una cajetilla de pañuelos que parecía tener preparada debajo de la mesa con su nombre escrita en ella.

  • Ágata, le vuelvo a repetir que el aborto implica estar embarazada y perderlo. Usted no se ha quedado embarazada, pero tiene que comprender que es normal. Ya no es una jovencita de veinte años. Ahora cuesta más, dado que le queda poca reserva ovárica – dijo el médico con prudencia mientras se recolocaba las gafas con el dedo índice.
  • ¡Menuda desgracia la mía! Yo creo que me han echado un mal de ojo que ha terminado con mi reserva ovárica porque cuando me quedé embarazada de Marina yo tenía mucha reserva ovárica, y todos mis óvulos eran perfectos.
  • Señora, entonces… ¿le receto otra caja de ácido fólico?

El médico, que ya estaba entrado en años, conocía a Ágata desde que fue trasladado al Centro de Salud de Villa del Rosa. Él, con su amplia experiencia, sabía que dijera lo que dijese, ella iba a continuar con su discurso sin sentido. Llegados a ese punto en el que apenas le quedaban unos años para jubilarse, prefería no atormentarse con discursos eternos sobre el sexo de los ángeles con una receptora que no recibía los mensajes que le enviaba.

  • Pobre mi marido, él ya se estaba haciendo una ilusión con su futura hija. Imagínate el disgusto que se va a llevar.

Marina no podía dormir. Llevaba tres noches escuchando los llantos incesantes de su madre tras descubrir que no estaba embarazada y, cuando conseguía pegar ojo, tenía pesadillas constantes con los últimos días con la que ahora era su expareja. El malestar que sentía era punzante y, a veces, no tenía fuerzas para salir siquiera de la cama. Algunos días era totalmente incapaz de comer. Todo lo que comía lo vomitaba, lo que la había conducido a una extrema pérdida de peso y una amenorrea de casi dos meses. Otras noches sus pesadillas se mezclaban con el sonido de fondo de su madre continuando el intento de concepción. Marina deseaba poder irse de allí, pero sin dinero iba a ser complicado.

Al mes siguiente, Ágata siguió señalando la desgracia que había caído sobre su familia al no quedarse embarazada. Continuaron los llantos y los días encerrada en su habitación. Los intentos de embarazo y los desprecios por fallar. La culpa era del esperma de su marido, que no era bueno. La culpa era del padre de Marina, que la había maldecido. La culpa era de Marina, porque su malestar afectaba a la fecundación. La culpa era de su propio padre, que había abusado de ella y la había dejado marcada para siempre en la desgracia. Las culpas incrementaban, pero ese bebé deseado no aparecía. Ágata mostraba constantemente su dolor y malestar mediante ataques de ira en los que lanzaba cualquier objeto que estuviera al alcance de sus manos que, con suerte, no alcanzaba a su ausente marido. Había llamado a hechiceras, a chamanes y a toda clase de personas que pudieran ayudarla con su problema de la fertilidad, pero todo era completamente inútil. Ágata no conseguía quedarse embarazada.

En casa, antonio empezó sintiendo pena por su mujer, después ira y, finalmente, asco. Por otro lado, Marina cada día tenía más miedo de su madre.

Una mañana cualquiera, en eso que Marina volvía de la compra, se encontró a su madre tirada en la cama con una sobredosis de sedantes. Tal era su sufrimiento que prefería no estar viva a estarlo y no ser madre de nuevo. Aquel día Antonio no estaba en casa y, cuando se enteró de la noticia, no parecía sorprenderle demasiado. Marina tenía miedo de dejarla sola, de que el intento de embarazo volviera a fracasar. Pero sobre todas las cosas, temía contarle que era ella quien estaba embarazada. Le sobrecogía la idea de contarle que había descubierto en una prueba rutinaria que dentro de sus entrañas se estaba engendrando una criatura. Una criatura que nacería sin un padre y con una abuela inestable. Durante ese mes, intentó buscar un trabajo que le permitiera irse de casa, pero el embarazo era cada vez más evidente. Finalmente, un día decidió entrar en la habitación de su madre mientras que ésta se encontraba tendida sobre la cama rodeada de pañuelos y antidepresivos.

  • Mamá, estoy embarazada.

Ágata levantó su mirada para encontrarse con la de su hija. Paralizada, revisó el vientre de su hija para comprobar que estaba más abultado que hacía unos meses, aunque apenas se había percatado.

¡Maldita niña asquerosa! Tenía que quitame a mi hija. A mi niñita para quedársela ella. Pensó. También pensó en ahogarla y en arrojarle el reloj despertador que se encontraba encima de la mesita de noche. Se replanteó gritar y agarrar el bote de antidepresivos para tomárselo de golpe.

  • Mamá, ¿me dices algo? – preguntó inquieta ante el silencio de su madre, mientras movía los dedos con nerviosismo. Podía ver los pensamientos de su madre como si se tratara de una película muda.
  • Hija, esa es una gran noticia y como eres digna hija de tu madre, seguro que tienes una hija. Esa es la herencia de esta familia – dijo, mientras le tocaba el vientre a su hija – por supuesto, esta criatura nacerá en el entorno familiar adecuado. Con una madre y una abuela que la querrán y cuidarán de ella.
  • Si quieres puedo hablar yo con Antonio. Seguro que le hace muy feliz saber que va a ser abuelo – señaló Marina, percatándose que en su discurso había olvidado a su marido. Lo mismo que lo hacía habitualmente, excepto cuando tenía que culpar a alguien de su incapacidad de darle una hija. Entonces no se olvidaba de él.
  • No te preocupes, hija, ya se lo contaré yo.– respondió su madre mientras se retiraba las lágrimas de las mejillas y sonreía pérfidamente – Por supuesto, no queremos que las vecinas digan que eres una buscona… por eso diremos que es mi hija. Ya sabes que todo el mundo conoce nuestros intentos de ser padres, nadie sospechará de una mujer casada que tiene una hija que buscaba. Mientras tanto te recomiendo que no salgas de casa. Por tu estado, claramente. Tampoco queremos que te vean con esa barriga. Te compraré ropas anchas por si acaso, ¿vale?

Ágata miraba la barriga de su hija y acercó el rostro esperando sentir a la criatura. Como deseando que esa criatura estuviera dentro de ella.

El embarazo continuó con un tono sombrío. Marina no podía salir de casa y solo comía lo que su madre le cocinaba. No podía ver a sus amigas de la universidad, ni siquiera al cartero cuando llegaba a casa. Cada vez se notaba más y más hinchada. Ágata no permitía que se acercase nadie que no fuera ella misma. Antonio no podía hablar con Marina si Ágata no estaba presente. En una ocasión intentó a tocarle la barriga, queriendo sentir la patada de aquel bebé que se desarrollaba, y Ágata le golpeó con fuerza en la mano para impedírselo.

Antonio un día dejó de aparecer por la casa. Dejó una carta pidiéndole el divorcio a Ágata, junto con los papeles que tenía que firmar, además de una hermosa despedida para Marina y su futura criatura. Ágata comprendió en ese momento que su marido estaba enamorado de su hija y que, muy probablemente, él era el padre de aquel bebé. Así, y tal como había hecho el padre de Marina, huyó del hogar al ver que su hija venía.

A los cinco meses la noticia llegó a ellas. Era una niña. Ágata lo sabía, lo tenía claro que iba a ser mujer pues era lo que dictaba su herencia. Una pequeña muñequita que vestir con diferentes trajes. Por otro lado, Marina empezaba a verse gorda. Solía llevar suéter gordo de lana y amplios vestidos. El estilo no le importaba dado que no salía de casa.

En ocasiones, veía a su madre poniéndose su ropa y mirándose en el espejo mientras se tocaba el embarazo psicológico. Otras veces se despertaba en mitad de la noche y allí estaba ella, echada sobre su barriga y hablando en sueños.

Ágata sentía que cuando estaba cerca de ese bebé, todos sus males desaparecían. Ya no sentía más dolor ni depresión. Olvidaba todos los males y se sentía realmente bien. Como no se había sentido nunca. Ese bebé era su vida.

Cuando Marina se despertó, Ágata yacía en su cama.

  • Mamá, deberías de irte a tu cama, que como sigas durmiendo aquí vas a terminar con la espalda fatal. A tu edad deberías cuidarte, que luego vienen los problemas – dijo Marina mientras sacaba las piernas de debajo de su madre – ¿Mamá? – preguntó de nuevo agitando incesantemente su cuerpo en busca de una respuesta.

Pero Ágata no respondió nunca más. Allí se quedó su madre con el rostro vacío y la mirada perdida. Su cuerpo, blanco como el papel, se había quedado petrificado sobre la cama de su hija rodeando a la nieta que nunca conocería.

Aquel gato negro miró la escena desde la ventana de su habitación. Tras acicalarse con cuidado saltó por la ventana hacia los rosales, como hacía siempre. Como si aquella escena fuese otra escena más en el diario de su vida. Como si fuera la parca que arrebata un alma y se viste en busca del siguiente.

Así, sin más.

En tus manos

El mar. Masa de agua salada que cubre la mayor parte de la superficie terrestre. Huella dactilar de la Tierra.

Curiosa molécula que, inevitablemente, tomó una forma líquida desencadenando una cadena de acontecimientos que influyó en el desarrollo y mantenimiento de toda una forma de vida.

Su sonido, el de las olas rompiendo sobre la costa o el simple movimiento es objeto de pensamientos y narraciones. Es deseo y terror.

Siendo el mar la extensión acuosa tan importante, ¿Qué clase de poder tiene esta raza sobre el dominio del majestuoso Neptuno?

Inmensidad para unos ojos infantes y sentina para unos adultos. Ojos que no ven, corazón que no siente. Son nuestros los ojos, pero es el corazón de La Madre Naturaleza.

Te presento esta hermosa fotografía tomada y editada por @akris.photography.
Las manos son un símbolo de la unión y apoyo mutuo entre el ser humano y el mar. Así, es tan necesario el mar para nosotros como el mar nos necesita, siendo esta necesidad la de atenderlo y cuidarlo para que no se convierta en una alcantarilla.
Un curioso símbolo en esta fotografía es la decisión de la autora de elegir una ballena como personificación del mar. En este caso concreto es esencial recalcar que la autora es una experta y siente una especial pasión por cetáceos. En la actualidad, la ballena azul es el mamífero más grande con vida que se conozca. La ballena es representada con una majestuosidad que aterra. Siendo una criatura reconocida como pacífica y flemática, su colosal tamaño recuerda que la raza humana es una ínfima parte de la totalidad. En la fotografía, el cetáceo está saliendo del agua recordando la impresión de su poder al resurgir del mar. Referenciando las palabras del médico sueco Carl Gustav Jung, éste sería el subconsciente colectivo que resurge del más profundo océano de la inconsciencia.

Cada vez es más evidente el impacto de la especie humana sobre el mar. Dicho perjuicio actúa cual boomerang recordando que todo acto tiene su consecuencia y que ojos que no ven, corazón sí siente.

En palabras de la autora: Su destino está en tus manos, ¿las protegerías?

El paradigma de los sueños

Debes de estar preparado para arder en tu propio fuego: ¿Cómo sino podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?

Mi inspiración científica y divulgadora proviene de una figura emblemática en el área de la psicología y las neurociencias: Sigmund Freud. Un personaje que obvió las críticas del momento y fue capaz de mirar más allá. Freud me enseñó que dentro de la ciencia no hay que olvidar la creatividad, dado que ésta es la que permite salirse de los límites y poder alcanzar metas inigualables, como las que le llevaron a ser una figura referente en toda una línea de conocimiento.

Así, dejando de lado la evolución que han tenido las neurociencias, y concretamente la psicoterapia, es importante destacar que él aporto la chispa creativa a una ciencia basada en lobotomías, baños fríos y terapias electroconvulsivas. Por otro lado, sus escrituras, en un refinado alemán, permiten que la propia interpretación del lector lleve a diferentes ideas y líneas de pensamiento totalmente diferentes.

Para mí, Sigmund Freud fue uno de los grandes pioneros de su momento que, actualmente, se encuentra muy infravalorado. Dentro de las artes y las ciencias, supone el ejemplo de que el verdadero investigador no es aquel que se pasa toda su vida centrado en un área extensamente estudiada, sino aquel que es capaz de incluir en su investigación conocimientos y enseñanzas que quizás se salen de su espacio de confort.

Finalmente, os recomiendo el libro de Irvin D. Yalom, “El día que Nietzsche lloró” como un ejemplo narrativo de la imagen de un Freud novato que empieza a conocer lo que es investigar. Quizás, y solo digo quizás, seamos capaz de dejar de ver la ciencia como un entorno de competencia y más como uno de colaboración entre profesionales.

Pandemia

Eran las 7 de la mañana y, como cualquier martes, Sara no quería levantarse para ir a trabajar. Aunque entendía al gato naranja aficionado a la lasaña, consideraba que los martes eran horribles Tenía la teoría de que el martes era el peor día de la semana por una sencilla razón, el día anterior tuvo que trabajar y aún no tenía expectativas del fin de semana.

  • 5 minutos más.- susurró con los ojos cerrados mientras se envolvía entre las sábanas.
  • Sara, ya eres mayorcita para que tu madre tenga que despertarte.- le dijo su madre desde el pasillo.
  • ¡Nunca se es demasiado mayor cuando vives con tus padres! – gritó escondida entre las sábanas.

La semana pasada su grupo de amigos de la empresa se había ido de viaje a Italia y ella no pudo ir. Había comprado los billetes y tenía todo preparado para una semana recorriendo las calles de lo que fue la antigua Roma, cuando su madre la llamó informándole de que su padre había tenido un accidente de coche. Su padre era un hombre fuerte, pero no le pareció apropiado irse de vacaciones mientras lo estaban operando por múltiples fracturas. Además, su madre necesitaría ayuda en casa. Para facilitar las cosas se mudó con sus padres temporalmente.

Allí estaba ella, con 29 años, viviendo en casa de sus padres como si fuera una adolescente que no quiere ir al instituto porque tiene examen de matemáticas a primera hora.

Cuando Sara llegó a la cocina, su madre ya le había preparado el desayuno. Un café y unas tostadas de aguacate con serrano. Volver a vivir con tus padres tenía algunas ventajas.

  • ¿Has visto lo que ha pasado en Italia? – dijo su madre mientras le señalaba la televisión con un gesto.
  • No, ¿qué ha pasado?
  • Parece ser que hace unos días hubo una explosión en una planta química. – señaló. Su madre era Licenciada en Química y trabajaba actualmente en un instituto, por lo que siempre se interesaba por noticias de ese ámbito.- Lo curioso es que no dan información sobre la gravedad o consecuencias. Solo se quedan ahí, con esa sonrisa de oreja a oreja como si no pasara nada. Es como si no les importase la vida de la gente. – suspiró.- Tus amigos estaban en Italia ¿no?
  • Sí, pero si les hubiera pasado algo habría noticias.

Sara aprovechó para dar una breve ojeada a Twitter. Aunque tenía una cuenta, ella no era muy activa en las redes sociales. No le gustaba exponer su vida privada, por lo que apenas subía contenido. Sin embargo, tener una red social puede ser una buena fuente de información en momentos determinados. Tras un breve repaso en las noticias destacadas pudo ver cómo había una creciente oleada de malestar social por la reacción del gobierno italiano ante la explosión en la planta. Esa sonrisa y desinterés por lo acontecido había sido la comidilla en las redes.

  • ¿Hoy tienes mucho trabajo? – le preguntó su madre al ver que ella se había enfrascado en el teléfono móvil.
  • Emmm… no mucho.- respondió mientras daba una última ojeada en el perfil de sus conocidos. A continuación dejó el teléfono encima de la mesa para que su madre no la riñera sintiéndose de nuevo como una adolescente castigada.- Lo cierto es que como se acercan los meses de verano, la producción suele bajar un poco. Hoy puedo pedir salir antes y hacer la compra.
  • Me parece perfecto.

Sara trabajaba en el departamento de recursos humanos de una empresa farmacológica. Aunque sus tareas solían ser diversas, y eventualmente realizaba cursos o seminarios para poder romper la rutina, ya llevaba varios años trabajando en el mismo puesto y había llegado a  un punto en el que todo trabajo nuevo le parecía conocido. Normalmente, llegaba al edificio y lo primero que hacía era dirigirse a la cafetería junto al resto de compañeros para compartir unas breves palabras antes de empezar la jornada. El resto del día se dedicaba a sentarse en su sobrio e impersonalizado cubículo enfrente de un ordenador que necesitaba urgentemente ser renovado. La mañana se resumía en mirar archivos Excels sobre finanzas, luego contestaba emails, almuerzo, más Excels, más email, alguna llamada y a casa. Monotonía. Al menos esa semana sus amigos la entretendrían con anécdotas del viaje. Cosa que por un lado no le apetecía escuchar. A Sara le hubiese gustado ir y ser parte de esas anécdotas. Además, fue Andrés. Su “amigo” con el que llevaba un tiempo viéndose a escondidas y que esperaba que ese viaje fuera la oportunidad de hacerlo público.

Al llegar a su mesa lo primero que hizo fue dejar su bolso en la silla y dirigirse a por un café de máquina. En la cola se encontraban Ana y Lucía, las cuales reían entre susurros mientras se enseñaban los teléfonos móviles la una a la otra.

  • Hola chicas, ¿cómo fue ese viaje? – dijo Sara mientras le echaba azúcar a su café y lo movía con una cuchara.
  • Sara, tía. Tenemos que hablar.- le dijo Lucía con cara de “tengo muchos cotilleos, por favor, pregúntamelos”.
  • Claro, ¿qué pasa? – pregunto fingiendo no sentir interés.
  • Es sobre Andrés.- le interrumpió Ana, exhibiendo inquietud por contárselo.

A Sara no le había gustado el inicio de la conversación. Aun mirando su café, no quiso mirar a sus compañeras para no venirse abajo. Ella era muy propensa a llorar en situaciones insospechadas. Películas, series, bodas, comuniones, bautizos, programas del Discovery Max, entre otras.

  • Escucha, un día que salimos a una discoteca nos pareció ver como bailaba muy cerca de una chica italiana, pero ¡muy cerca!- le dijo Lucía puntualizando estas últimas palabras. Parecía que estaba incluso disfrutando de contárselo. Eventualmente se relamía los labios y levantaba las cejas como para preparar sus siguientes palabras.- Luego, no volvió con nosotros. Al día siguiente apareció con la misma ropa que la noche anterior. Creo que estuvo con la italiana. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
  • Bueno…- dijo Sara con un suspiro.- Él puede hacer lo que quiera. No es como si nosotros estuviéramos juntos ni nada de eso.- dijo muy seria evitando mostrar como el malestar estaba a punto de salir por todos los poros del cuerpo al igual que el sudor en una intensa jornada de ejercicio.- No somos novios, él es libre de hacer lo que quiera.

Sara hizo un esfuerzo infinito para no echarse a llorar, que era la reacción esperada con deseo por sus compañeras. Sin embargo, tragó fuerte y dejó que su dolor se fuera hasta el fondo del estómago. Lucía y Ana se miraron un poco decepcionadas.

  • Quizás no fue nada.- le dijo Ana.- ¿Has hablado con él?
  • Muy poca cosa la verdad. Me mandó unas cuantas fotos del viaje y poco más.- mintió. Lo cierto es que llevaban una semana sin hablar nada.
  • Seguro que cuando os veáis se soluciona – le añadió Ana con una sonrisa torcida.

Un grupo de empleados de la planta de arriba entraron en la sala. Sara agradeció la interrupción, pues pudo aprovechar para salir de aquella situación incómoda y volver al trabajo. Ana y Lucía hicieron un intento de continuar la conversación, pero Sara se perdió entre el bullicio.

Sentada en la mesa, miró varias veces su teléfono móvil. Miraba la conversación con Andrés una y otra vez. Estaba nerviosa. Buscaba un indicador que le hiciera pensar que quería irse con otra. Tampoco es que le diera señales de que quisiera quedarse con ella. Eso estaba claro. Andrés no era precisamente una persona muy abierta sentimentalmente.

Llevaba varias horas delante del ordenador sin hacer nada. No podía dejar de distraerse. El movimiento de las hojas del aire acondicionado la llevaba a lo más profundo de sus pensamientos. Se imaginaba a Andrés con esa chica italiana. Se imaginaba que la  abrazaba y besaba. Se imaginaba que se colaban en el Coliseo y correteaban como enamorados. Cuando sus pensamientos hacían que estuviera más incómoda de lo necesario, no podía evitar levantarse e ir al baño. Se sentaba dentro de uno de los habitáculos y se quedaba pensando en la nada.

 “Sara, tienes que dejarlo. Incluso antes de todo esto no te fiabas de él del todo. Lleváis un año juntos y no se atreve a hacerlo público”. Se decía una y otra vez. “Pero dejar ¿el qué? No estamos saliendo. Simplemente dile que ya no quieres verle más.”

La tercera vez que fue al baño, Ana fue detrás de ella.

  • Sara, ¿estás bien? – Le preguntó tras la puerta del baño. Sara podía ver sus zapatos negros básicos de trabajo moverse de forma inquieta.
  • Sí, es que he tomado demasiado café y ya sabes que es diurético. – mintió, pero prefirió decir eso a “soy una rallada de la vida y me estoy organizando la vida sentimental y económica, dado que ahora tengo que incluir un vibrador dentro de mi lista de la compra”.
  • No estarás… ya sabes.- le insinuó nerviosa.
  • ¿Qué? – preguntó exaltada sufriendo un tropiezo por la sorpresa de la pregunta.- ¡No estoy embarazada si es lo que te estás preguntando!

En ese momento hubiese preferido que pensaran que estaba llorando en el baño a que creyeran que esperaba un hijo del hombre la había abandonado por una italiana en un viaje de 4 días. Acontecimiento que tampoco sabía si había ocurrido, pero que ya se había repetido tantas veces que sentía como si hubiera estado allí. Eso era lo que justamente les gustaba a ellas. El cotilleo de la oficina.

Al salir del baño se lavó las manos y se miró al espejo fijamente. “¿Cuánto te quieres, Sara? ¿Acaso se merece que pases por esto?”. Respiró fuertemente y se sacudió las manos en el aire. De camino a su lugar de trabajo, por tercera vez en la última hora, chocó con alguien unos centímetros más alto que ella. Al mirar hacia arriba se encontró con Andrés.

  • ¡Ey! ¿Qué tal? – le dijo con una sonrisa. Quería parecer normal, pero sonó como el saludo con un amigo que ya no es tú amigo.
  • Hola, Sara.- le contestó sobriamente con una sonrisa formal. Estaba sudando mucho. Podía ver como la transpiración de su cuerpo había empapado parte de su ropa.
  • ¿Te encuentras bien?- Le preguntó preocupada. Aunque estaba incómoda con él, le quería y se preocupaba por él.
  • No sé, tengo mucho calor.- dijo mientras se quitaba el sudor de la frente con la mano. Podía ver cómo las gotas le empapaban la piel y caían al suelo.- Voy al baño a refrescarme.
  • ¿Te importa si quedamos luego?
  • Sí, claro. No tengo problema. Luego me escribes y quedamos en algún sitio.- dijo mientras colocaba su cabeza debajo del grifo del baño de hombres.

Andrés parecía normal. Aparentemente. “Simplemente parecía estar pasando los típicos sofocos de una menopausia temprana en hombres” pensó Sara de forma sarcástica. En ese momento, se dio cuenta de que quizás estaba exagerando. ¿Cómo había podido dejarse engañar por sus compañeras de trabajo?.

Una vez sentada en su mesa de nuevo, miró su ordenador que apenas tenía escrito un par de párrafos y siguió con el trabajo. Aquellos segundos que había compartido con Andrés le habían llenado de la energía que necesitaba para continuar el día. Se puso los auriculares inalámbricos que le había regalado su madre en su último cumpleaños y se puso la lista aleatoria de los éxitos de esa semana. Esos auriculares tenían la peculiaridad de insonorizar el ambiente para hacerle sentir que estaba en una burbuja. Podían pasar horas que ella seguiría concentrada en su tarea. (para no repetir enfrascada muchas veces)

Un escalofrío le recorrió la espalda y notó que tenía el vello erizado. Estaba tan centrada en escribir que no había notado que el aire acondicionado estaba muy frío. Se frotó los brazos en busca de calor mientras revisaba con la mirada el origen del frío en la sala. Echando una breve mirada por el resto de la sala pudo ver como Juan, un compañero que entró al mismo tiempo que ella, agitaba fuertemente una revista sobre su rostro a modo de abanico. Él también parecía sudar tanto como Andrés cuando se lo encontró unas horas antes.

“¿Habrán pillado alguna gripe en el viaje?” pensó “O quizás yo estoy justo debajo del aire acondicionado”.

Esa breve interrupción le permitió volver a la realidad. Miró el reloj en su ordenador y pudo ver que eran las 13:36.

  • Mierda.- susurró.

Le había prometido a su madre que ese día se iría a media mañana. Sara tenía un problema y era que cuando se ponía con una tarea, se olvidaba de todo lo demás. Es más, habitualmente tenía que ponerse alarmas para recordarse que tenía que parar. Incluso para comer.

Una vez en el supermercado, dejó divagar su mente. En sus 7 años de independencia se había percatado de lo que le aburría hacer la compra. Cuando llevaba una lista de la compra era mucho más sencillo y rápido, pero en la mayor parte de las ocasiones eso había sido misión imposible. En esta ocasión, su madre le había enviado una lista por un mensaje unas horas antes lo que aceleró el proceso. Mientras caminaba por los fríos pasillos rodeada de frigoríficos, su mente la llevó a recordar la oficina, el trabajo y las ganas que tenía de ver a Andrés.

  • ¿Te pasa algo? Sé que soy graciosa, pero no sabía que tanto. – comentó alguien tras ella.

Había dos chicas, una alta y delgada y otra más baja y con una larga melena castaña. La más baja no podía dejar de reír. Su risa era incontrolable y hasta cierto punto incómoda. Pudo notar como su amiga se ponía nerviosa a su lado y la llevaba como quien lleva a un amigo enfermo fuera de clase. La gente miraba la escena y susurraba en la periferia. Aunque su amiga la estaba sujetando fuertemente mientras se doblaba de la risa, vió  como se caía al suelo. La escena era un poco incómoda y Sara empezó a pensar que quizás tenía algún tipo de enfermedad mental que hacía que se riera incontrolablemente. Hacía unos meses había visto la película de Joker en el cine y descubrió el síndrome pseudobulbar, una extraña enfermedad que te provoca esa risa incontrolable. Nunca había conocido a alguien que la tuviera y el reflejo de aquella película era una realidad. El resto de personas no dejaban de observar la situación sin participar o ayudar a la chica. Entonces un hombre de unos 50 años, alto y musculado, dejo su carro de la compra junto a quien parecían su hija y su mujer, y se paró a ayudar a la pareja de amigas hasta acompañarlas a un lugar donde pudiera sentarse. Sara no pudo evitar sentirse mal, de una manera u otra ella había sido otra espectadora que no había hecho nada por ayudarla. Pero, por otro lado, ¿acaso ella era más responsable que el resto de personas que también miraban a lo lejos?

Aquel acontecimiento la distrajo de su pensamiento el resto de la compra. Se preocupó por donde se encontraría la joven y si alguien había podido atenderla. Cuando salía al aparcamiento en la primera planta del sótano (es que poner planta -1 me resulta algo raro), se encontró a las dos amigas sentadas en un viejo Ford Fiesta color granate.

  • Pero, ¿estás bien?- le preguntó la joven más alta.
  • Estoy perfectamente. ¿Quieres que vayamos a tomarnos un café?- le contestó su amiga con una sonrisa de oreja a oreja.

Era extraño. Esa sonrisa le atravesó todo el cuerpo y sintió como el vello se le erizaba. La chica estaba sentada con una gran y estática sonrisa en el rostro. Cuando Sara pasó con el carro de la compra se quedó mirándola fijamente sin mover un músculo ni pestañear siquiera (va junto: siquiera). 

“¿Será algo relacionado con la enfermedad?” – pensó.

Cuando llegó a casa su madre aún no había llegado. Se acercó silenciosamente a ver como estaba su padre, el cual desde la operación no había salido de su habitación. Abrió lentamente la puerta y por la ranura pudo ver como dormía boca arriba. Estaba roncando muy fuerte. Por el dolor derivado del accidente le habían recetado un gran número de fármacos que podrían dormir al Yeti si fuera necesario. Su padre había estado durmiendo todos los días desde que ella llegó y apenas habían compartido unas palabras. Su madre era la que se encargaba de casi todo lo que se refería al cuidado de una persona prácticamente inválida. Eso le hizo darse cuenta de lo que se querían porque su madre, después de trabajar todo el día, se dedicaba en cuerpo y alma a su padre. Ese tipo de actos le hacían confiar en que aún existía el amor de verdad.

Ese hilo de pensamientos le hizo percatarse de que había quedado con Andrés. Sara buscó nerviosa en el fondo de su bolso hasta que encontró su teléfono móvil para escribirle un mensaje antes de que fuera demasiado tarde. Le sugirió quedar en su casa  después de que él saliera del trabajo. No sabía cómo podría estar su casa después de más de una semana sin pisarla, pero entendía que él no quería quedar con ella a sola en público. Mientras esperaba la contestación, empezó a colocar la compra en las estanterías intentando recordar dónde colocaba su madre las cosas. Aunque lo cierto es que ella siempre cambiaba las cosas de sitio y le resultaba complicado imaginarse donde podría guardar, por ejemplo, la mermelada.

“¿Irá en el frigorífico o en la despensa?” Pensó.

Entonces, su teléfono sonó. Era Andrés. Le había sugerido quedar en una cafetería situada en un Centro Comercial de la zona. ¡Vaya! Eso sí que la había sorprendido. Sara pensó que quizás la experiencia en las calles encantadas de Roma sí que había sido positiva para su relación. Quizás habló con aquella chica y entendió que debía quedarse con ella. Quizá(¿s?), y solo quizá(¿s?), aquel sería el día en el que podría formalizar su relación.

Sara se apresuró en llegar a su cita. Estaba nerviosa. Como si fuera la primera vez que quedase con su crush de la adolescencia. Él había escogido la cafetería “El Errante”. Una pequeña cafetería con un curioso y llamativo decorado clásico. Todas las paredes estaban llenas de libros, los cuales estaban pegados para evitar manos curiosas, e incluso un viejo piano situado allí era en realidad una mesa donde poder sentarse. Le encantaban las grandes fotografías en blanco y negro sobre las paredes de madera. Aunque lo que más le llamaba la atención eran las lámparas bohemias que alumbraban cada una de las mesas del lugar. Apartadas unas de otras y permitiendo que cada pareja se mantuviera en una relativa intimidad. En el fondo de la sala pudo ver a Andrés sentado en la mesa y mirando uno de los posters clásicos de una película de los años 60 que desconocía. Sara se movió entre las mesas hasta que llegó a la de Andrés. Mientras él seguía absorto con aquella imagen en blanco y negro, ella se sentó enfrente de él.

  • Hola Andrés.- dijo mientras se quitaba el bolso y la chaqueta para colocarlas en la silla vacía a su derecha.
  • Hola Sara, tenía muchas ganas de verte.- dijo Andrés con una sonrisa. La sonrisa.

Andrés tenía la mirada fija en ella mientras no dejaba de sonreír. Sara se fijó en su postura, estaba muy recto en silla, lo que constataba la típica postura dejada que solía tener. Parecía incluso más alto.

  • ¿Estás bien? – le preguntó extrañada.
  • Perfectamente. ¿Qué me iba a pasar?- dijo sin apenas pestañear.
  • Hoy en el trabajo no dejabas de sudar.- le resultaba incómodo hablar de aquella sonrisa, así que prefirió desviar el tema a otro posible motivo por el que hacerle aquella pregunta.
  • Solo fueron uno sofocos. Estoy perfectamente. ¿Qué querías hablar conmigo?- siguió hablando con la inexpresiva sonrisa.

A Sara le costó hablar del tema. Era muy difícil para ella hablar sobre aquello teniendo en cuenta cómo se había enterado y la situación en la que se encontraban ellos dos. Después de un par de frases banales sobre la vida en el trabajo, Sara decidió ir al baño para tener una pequeña charla consigo misma. Mirándose frente al espejo clásico que colgaba aquella estancia se dio ánimos.

  • Vamos cobarde, no llevas meses deseando quedar con él en público para ahora rajarte. ¡Vamos! ¡Vamos! Es tu momento.

Sara se preparó con toda la energía que tenía y volvió al asiento. Andrés le había traído un café mientras que ella estaba en el baño.

“Es que es tan dulce…” pensó.

  • Andrés, Ana y Lucía me han comentado que has estado con otra chica en Italia. ¿Es cierto?
  • Si.- Dijo manteniendo esa sonrisa que acababa de destrozarla por dentro.- Pero no te preocupes, no es la primera chica con la que estoy mientras que estoy contigo. Lo cierto es que tenía miedo a tener una relación, pero ya si estoy preparado.- dijo con su sonrisa mientras que le cogía una mano. No podía explicar lo que estaba sintiendo en ese momento.- Si quieres, podemos formalizar nuestra relación. Yo ya he subido una foto a Instagram con nuestra rica merienda y una frase bonita que he leído en una de estas imágenes. “Quédate con quien te bese el alma, la piel te la puede besar cualquiera”.
  • No sé qué decir, es mucha información para mí.- dijo ella nerviosa revisando el móvil y comprobando que lo que decía era cierto. Además, ella estaba etiquetada en esa publicación.
  • No te preocupes Sara. Tú eres el amor de mi vida.

Su impasible sonrisa hacía que la escena que había soñado una y otra vez en la cabeza, pareciera el inicio de una película de terror. Se sentía incómoda. Solo quería desertarse.

  • ¿No vas a tomar tu café? Cappuccino, tu favorito.- le señaló la taza que estaba frente a ella.
  • Lo siento Andrés, tengo cosas que hacer. Mi padre está enfermo y tengo que volver a casa. Nos vemos mañana en el trabajo y hablamos sobre esto.

Salió del local sin apenas querer mirar atrás. Sin embargo, en un momento no pudo evitarlo y revisó con el rabo del ojo a la oscura mesa del fondo en la que se encontraba Andrés. Allí seguía. Impasible. Con esa maldita sonrisa congeladada y dibujada en su rostro pálido. Aquella había sido demasiada información para ella y no estaba preparada para procesarla. Siempre había imaginado la escena en la que Andrés le confesara su amor. No obstante, a pesar de que había seguido la teoría al pie de la letra, la práctica era muy diferente. Esa escena no era natural. No era real. ¿Acaso era un sueño? O peor, ¿una pesadilla?

Sara llegó a casa de sus padres y se encerró en la habitación de su infancia. En la pared seguían colgados posters de Simple Plan y Green Day, algunos de sus grupos favoritos durante su adolescencia. Le llamaba la atención que su madre no los quitase después de tanto tiempo.

Sentada en la cama revisó Twitter con la esperanza de que las quejas de los demás le hicieran olvidarse durante un momento de su propia vida. Revisó las noticias destacadas y recordó la explosión de la planta química que habían anunciado aquella mañana. Quizás a lo largo del día habría ocurrido algo nuevo sobre la explosión y la gente lo estaría comentando. ¿Habrían muerto personas? ¿Se habrían disculpado por la imagen pública? Mientras hacía scroll impulsivamente con el dedo a través de los mensajes, un pequeño detalle bloqueó todo los músculos de su cuerpo. Solo movía el índice, como si de un movimiento automático se tratase. Twitter, cuna de negativismo y las críticas, mostraba una imagen positiva de lo sucedido.

“La explosión nos ha enseñado que aún hay muchas cosas que tenemos que mejorar”

  • ¿Qué? – masculló mientras se incorporaba en la cama.

El teléfono empezó a vibrar. Estaba recibiendo una videollamada grupal de sus compañeras de trabajo. Seguro que la llamaban por la publicación de Andrés en las redes sociales.

  • Hola chicas.- dijo Sara con pocas ganas y mirándose en su propia cámara.
  • Hola Sara.- dijo Lucía.
  • No puede ser…- dijo Sara en voz baja. No podía creerlo. Lucía y Ana estaban ahí, mirándola a través del teléfono con aquella sonrisa incómoda y expresión de muñeca rusa.
  • Sara, nos ha dicho Andrés que te fuiste rápidamente de la cafetería. Solo queríamos saber que estabas bien.- comentó Ana con su estático rostro feliz.
  • Todo está bien.
  • Solo queremos decirte que somos amigas y las amigas están para todo, para lo bueno y lo malo. Si necesitas algo no tienes nada más que decirlo.- comentó Lucía.

En ese momento escuchó la puerta de la entrada. Su madre había vuelto. Era su oportunidad para escapar de aquella pesadilla interminable. Sin apenas despedirse, cortó la llamada y apagó el teléfono. Había sido demasiado para ella y necesitaba evadirse de la realidad. Necesitaba volver a sentir que era una adolescente enamorada de las letras punk de Green Day.

Al abrir la puerta encontró a su madre de espaldas cogiendo cosas de los estantes y moviéndolos de sitio. Probablemente se habría percatado de que no había colocado del todo bien la compra de aquel día. Se sentó en la mesa de la cocina y se quedó mirándola durante un momento, pensando en cuando era pequeña y veía a su madre como una súper heroína.

  • Te he preparado una infusión para dormir. Hoy he notado que estabas nerviosa.- le dijo.
  • Gracias mamá, la verdad es que lo necesitaba.- tomó un sorbo de aquella agua caliente con sabor a valeriana. Cuando vivía allí su madre le preparaba cada noche una infusión con un toque de miel, ese toque característico de una miel artesanal que su madre compraba en una granja.
  • Tu padre ha muerto.- dijo mientras se giraba.
  • Mamá… ¿es una broma?
  • No te preocupes hija. La muerte forma parte de la vida. Tu padre siempre estará con nosotras. – le dijo con una sonrisa.- Recuerda ponerte muy guapa para el velatorio que será mañana. Todo el mundo te va a mirar.

Su madre la miraba con aquella expresión muerta. Una expresión de falsa felicidad. Una fachada de positividad y alegría. La imagen de una muñeca de porcelana que sonríe sin mover el resto de músculos de su rostro.

Sara miró su infusión antes de volver a observar su madre. En ese momento comprendió que no había ningún sueño del que despertar. Se había enfrascado tanto en sus pensamientos que fue incapaz de ver lo que estaba ocurriendo. La burbuja había estallado. Sintió calor. Sintió un sofoco intenso. Y después de eso, solo pudo sentir una completa y absoluta felicidad.

Angustia

Me desperté con aquella sensación de agobio en el pecho. Mi corazón latía acelerado como si acabara de correr una maratón y me levanté de la cama con gran inquietud, en busca de algún tranquilizante que tuviera olvidado en la casa. El estrés de no encontrar alguna pastilla-milagro hizo que me sintiera cada vez peor. Me ahogaba. Sentía que en cualquier momento me iba a morir. Empecé a hiperventilar con intensidad, acción que empeoró la situación. Podía sentir como la piel se tensaba en casa una de las partes de mi cuerpo hasta hacerme sentir como una presa abarrotada de mi propio malestar.  No podía dejar de pensar en la muerte, en si esa era lo que se sentía. Pensé en si era el final de mi vida.

¿He disfrutado de la vida lo suficiente? ¿Me voy en paz? ¡Tengo tantas cosas aún por hacer! Pensé. ¿He sido buena o malo? ¿Acaso existe un cielo o un infierno?

No podía dejar de recordar aquella ocasión en la que vi a una anciana caerse y en cómo pasé de largo, como si no me importará.

¿Esa es la imagen que quiero que tengan?

No podía soportar la idea de morir sola, sin más compañía que esa sombra oscura que me acompañaba desde hacía más de 3 meses.

  • 061, dígame ¿Cuál es su emergencia? – contestó una voz femenina y agradable.
  • Hola… mire, creo que me estoy muriendo – dije con voz entrecortada mientras seguía hiperventilando.
  • ¿Le ocurre algo concreto? ¿Alguien le ha atacado? – preguntó con preocupación.
  • Me asfixio… No puedo respirar…
  • ¿Es usted asmático?
  • Acudan lo antes posible.
  • Una ambulancia llegará en breves.

No recuerdo si pasaron 10 minutos u horas cuando llegó la ambulancia. Encontré mi rincón de tranquilidad en la esquina de mi salón, entre el sofá y una lámpara que se encontraba apagada. A pesar de ello, tenía ganas de salir corriendo. Necesitaba escapar de aquellas cuatro paredes que me parecían cada vez más estrechas.

  • Un ataque de ansiedad – comentó uno de los paramédicos mientras me revisaba la tensión – ¿Qué crees que te lo ha provocado?
  • No lo sé, estaba dormida sin hacer nada en especial – respondí con el ritmo acelerado.

Me dieron una pastilla que me tuve que colocar bajo la lengua y se fueron, como si no fuera nada. Como si no les importará.

Cuando volví a mi dormitorio lo volví a sentir. Aquella cama vacía que hacía unos meses ocupaba el amor de mi vida. Ese amor que partió de forma egoísta dejándome con sus recuerdos y el olor de su ropa que aún parecía estar pegado en las sabanas. El lugar donde nos dimos nuestro último beso, momentos antes de que soltara su último aliento.

Obsesión

Ágata se miraba en el enorme espejo de su baño. Se miraba de un perfil y del otro, pero esa barriga seguía igual que hacía un mes. Se acariciaba la barriga y se imaginaba cómo sería cuando estuviese de 5 o 6 meses. Ese tiempo en el que la barriga es lo suficientemente grande como para que la gente sepa que está embarazada, pero no lo suficiente como para que esté incapacitada para hacer nada. Aunque esa idea no le desagradaba del todo. Pensar en alguien haciendo todo por ella tampoco pintaba tan mal.

  • ¿Y si es niña? – le preguntaba a Antonio, su marido desde hacía 3 meses – Porque tiene que ser niña. Está claro.
  • Ágata, tienes una falta de dos días. Aún puede ser que no estés embarazada – le contestó Antonio mientras se hacía el nudo de la corbata con indecisión en cómo llevarlo a cabo.
  • Yo lo presiento, cariño – Ágata seguía mirándose en el espejo – Como cuando me quedé embarazada de Marina. Podría decirse que percibí hasta el mismo momento en el que el ovario era fecundado. Mi Marina salió del ovario de izquierdo, por eso es tan rebelde – Antonio seguía preparándose para ir al trabajo sin hacer mucho caso al discurso de su mujer – Por cierto, recuerda que marina llega a las seis y que tienes que ir a por ella al aeropuerto. Por fin se ha librado del mal nacido ese – susurró.
  • No te preocupes, lo tengo apuntado en la agenda. A las 4 tengo una reunión con el yesista y el carpintero y, en cuanto termine, voy al aeropuerto – le contestó Antonio aun revisando su maleta antes de salir.

Se comprobó los bolsillos y besó a su mujer antes de ir a la constructora de la que él era encargado desde hacía 5 años.

Ágata seguía imaginando su maternidad. Ser el centro de atención, que todos la cuiden y, lo más importante, tener una niña a la que poder vestir como si fuera una muñequita.

¿Y si sale niño? Pensó. No puede salir niño. Es imposible ¿Qué hago yo con un niño?

Movió la cabeza intentando sacarla de sus pensamientos. Para ella era impensable la posibilidad de tener un varón naciendo de entre sus entrañas. La simple idea le daba arcadas.

El límite del altruismo

Andrés nació en una familia de 4: mamá, papá, su hermano menor y él, siendo la cooperación y el altruismo un aspecto fundamental en la convivencia familiar. Cada mañana, Andrés cortaba la barra de pan en 4 trozos exactos para cada uno de los miembros. Incluso si algún día la barra de pan era más pequeña de lo normal, cedía su trozo a su padre, pues era el principal sustento de la familia. Era lo que debía hacer. Era lo que le habían enseñado.

Una mañana, Andrés decidió recorrer el bosque cercano de su casa para pasar la tarde. Cuando se acercó al río que recorría la ciudad, se percató de que un pequeño gatito blanco de apenas unos meses se estaba ahogando.

Debo rescatarlo. Pensó. Después, le contaré a mi hermano como rescaté heroicamente a aquel animal.

Al bajar entre el fango y las hojas secas de los árboles, se percató de la dificultad de aquella heroicidad.

Si intento rescatarlo, realmente mi vida está en juego ¿Me merece la pena aquel acto altruista?

En su cabeza resonaban nuevamente las palabras de su madre.                 

  • Tienes que ser una buena persona, tienes que ayudar a los demás.

Por lo tanto, era su deber el de ayudar a aquel gatito.

Pero si le digo a mi hermano que rescaté el gatito, ¿es un acto altruista? Pues en el pensamiento de Andrés, fardar por una heroicidad restaba todo el valor de lo que suponía ser altruista. Es más, consideró la dificultad de ser realmente altruista pues cualquier acto de este tipo requiere un refuerzo social que bloquea por completo el altruismo.

Metido en el río con el agua a la cintura y agarrado a una raíz de un árbol que sobresalía, consiguió sujetar a aquel gatito que, congelado y temblando del miedo, se subió sobre su cabeza utilizando sus afiladas uñas para trepar. Andrés se asustó ante aquel comportamiento animal y se soltó de la raíz que lo mantenía en tierra para cubrirse las heridas. La corriente lo desplazó unos metros hasta que el tronco de un árbol lo bloqueó. Apenas fueron unos segundos en los que Andrés pensó:

Es muy difícil ser altruista, pues ser buena persona tiene sacrificios que no son reconocidos ni valorados puesto que ese propio reconocimiento haría que no sería altruista.

El verdadero altruismo jamás se conoce, pues en el momento que se conoce deja de ser altruismo.

¿Dónde está el límite entre el altruismo y el egoísmo?

Nueva Normalidad

Año 2071.

Raúl estaba tumbado en su sofá observando el despejado cielo virtual reflejado a través del proyector de hologramas. Nunca había conocido un cielo diferente al que presentaba el techo falso de todo hogar contemporáneo. Habían pasado cerca de 50 años desde que la pandemia de la COVID-19 fracturó la vida de 8.500 millones de personas provocando la denominada “nueva normalidad”. 51 años de nueva normalidad. ¿Hasta qué punto sigue siendo nueva?

El desarrollo tecnológico se había enfocado en acercar la vida fuera de casa dentro de la misma. Raúl nunca había salido de las cuatro paredes que formaban su vivienda, y tampoco es que le extrañara. Nunca había visto otra cosa que aquello que toda esa sofisticada tecnología quería mostrarle. Podía ser un clima lluvioso, un día soleado, los cerezos en flor, etc. Su padre le contaba que los viernes quedaba con sus amigos para tomar unas cervezas al salir del trabajo, y que algunas veces despertaba en sitios que no conocía. Raúl trabajaba desde casa, como todo el mundo, y quedar con los amigos era una práctica sinónima a hacer una videollamada. Le resultaba imposible concebir la idea de abrazar a un desconocido sin pensar en aquel maldito virus que andaba por el aire.  

En los años posteriores al inicio de la pandemia, los diferentes Gobiernos a lo largo del mundo intentaron que la responsabilidad individual premiara en el freno de los contagios. Práctica que difícilmente se consiguió. Por ello, y tras repetidos rebrotes, los Gobiernos tomaron control absoluto de las decisiones ciudadanas mediante un Estado de Alarma Absoluto. Cuestiones como la vida social, familiar y laboral pasó a ser asunto fundamental del Gobierno. Es decir, independencia, pareja, tener hijos o vacaciones requerían una aprobación previa mediante solicitud online. Raúl llevaba 2 años trabajando en una empresa de Marketing Digital y había podido demostrar solvencia económica para poder independizarse, por lo que la había solicitado hacía apenas unos meses cuando le fue aprobada. Con suerte podría tener una pareja dentro de poco. Le resultaba extraño estar con otra persona. Tocar a otra persona.

  • ¡Gilipolleces! – gritaba su abuelo- Cuando yo cumplí los 18 años me fui de casa de tus bisabuelos con mi novia de por aquel entonces. Le conté la trola a tu bisabuela que la carrera que quería estudiar estaba en otra provincia.- decía con una sonrisa pícara.

Cómo extrañaba a su abuelo.

La fertilidad era una cuestión altamente controlada por los poderes políticos con el objetivo de evitar una sobrepoblación que favoreciera la propagación del virus. Cada nacimiento debía ser previamente solicitado, el cual no era aprobado hasta que “quedaba algún hueco”. Una forma sutil y cordial para decir que había que esperar a que alguien muriera.

  • A la tierra le sobra humanos- comentó una vez su abuelo mientras comían en familia- Cuando yo era pequeño la gente no reciclaba las cosas. Las tiraba al suelo, así como si les estorbara de las manos.- decía mientras agitaba las manos como si tuviera algo pegajoso adherido a ellas- Y ¡ala! Te olvidabas de ellas.

El medio ambiente era otra cuestión fundamental para los Gobiernos. La polución redujo a puntos mínimos históricos. El desarrollo tecnológico había permitido realizar una separación y reciclaje del material de manera eficaz y automática. Además, mensualmente recibías un informe sobre tus residuos para señalarte si estos se encontraban por debajo o encima de la medía. Raúl llevaba un tiempo solicitando demasiada comida online y ya había recibido dos informes desfavorables. El tercero implicaría una multa de 100 euros por lo que decidió prepararse algo con lo que tenía por casa.

Sentado, mirando la estampa de su ventana artificial, dejó que sus pensamientos volaran. Como si de un movimiento automático se tratase, movía el tenedor enrollando los fríos espaguetis con salsa de tomate que se había preparado con poca gana.

¿Qué habrá ahí fuera? Pensó.

En ese momento, una extraña figura chocó contra el cristal haciéndolo quebrar y romper el holograma. La imagen virtual se quebró dejando paso a una estampa natural que no había visto nunca. Se sentó durante un segundo a observar aquel árbol moverse por la fuerza del viento, y se imaginaba a él sentado en la rama, sintiendo como esa ventisca le acariciaba el rostro. Quería oler aquel árbol.

Con suavidad, despegó la que había sido su ventana los últimos meses y sacó la cabeza. Lo primero que sintió fue los rayos de luz quemándole los bastones. Nunca había estado en contacto directo con el sol y, aunque era placentera, sentía cierto dolor de unos ojos que nunca habían conocido aquel tipo de estímulo. Con los ojos aún cerrados, pudo sentir el aire rozándole la cara. Era una sensación que ninguna maquina había podido imitar.

  • Mamá, hay alguien en esa ventana- dijo una suave voz bajo su cabeza. Raúl volvió a cerrar la ventana con pulso inquieto.
  • ¿Desde una ventana? Hija, eso es imposible, esa gente está enferma y no puede salir de casa.

¿Esa gente está enferma y no puede salir de casa? Resonó en su cabeza.

Esperó apoyado en la pared durante unos segundos que le parecieron eternos. Podía sentir como su corazón latía. Parecía que en cualquier momento se saldría del pecho. Respiró profundamente e intentó separar el holograma como si se tratara de una ventana que intentaba abrir.

Estaba en una primera planta. Debajo de su ventana pudo ver que todo era verde, era césped. Recordó ver alguna imagen en películas antiguas, pero nunca había tenido el placer de disfrutar de aquella estampa esmeralda con sus propios ojos.

Sin pensarlo demasiado saltó. Su tobillo se torció por el propio peso, y el impacto de la caída, provocándole un dolor novedoso que le hizo retorcerse sobre el suelo. Durante un momento miró al cielo. Observó aquellas figuras esponjosas que se posaban sobre el fondo azul. También sintió la humedad del césped sobre su piel. En ese instante recordó a su abuelo y entendió sus palabras.

¿Quién era el verdadero virus?