Lou Salomé

Lou se levantó de la cama con energía; primero el pie derecho y después el izquierdo. Como siempre le había dicho su madre, rusa de nacimiento. Ella había nacido y creído en una familia tradicional, siendo la pequeña, y única mujer, de seis hermanos. Recordaba en su cabeza las palabras de su padre:

  • Hija, deber tener la cabeza bien alta. Eres mujer, pero sobre todo eres persona. No lo olvides jamás.

Él, quien era un reconocido militar ruso, siempre había mostrado una relación tierna y cercana con su hija, al contrario que su madre que deseó con fuerza que ella hubiese nacido varón. Lou se había criado en una buena familia de clase alta, lo que le permitió llegar a escaleras de poder difícilmente alcanzables para otras mujeres. Además, le hizo desarrollar una mente libre y creativa, lejana a las tradiciones religiosas rusas. Poco a poco se fue separando de la iglesia, hasta que la relación que tenía con esta se cerró a las conversaciones típicas con su profundo subconsciente. Ella buscaba conocimiento y nutrición intelectual, aburriéndose de las meras conversaciones sobre moda y estilismo con otras damas cercanas a su círculo social. Sabía que, debido a su género, tendría más dificultades que un hombre, pero eso no le impidió seguir avanzado.

Ella era hermosa y atrevida, cualidad que le había permitido acercarse a grandes mentes como Friedrich Nietzsche y Paul Rée, con quienes había compartido un sublime trío intelectual denominado la Trinidad. Con ellos había disfrutado de intensas y eternas conversaciones sobre el todo y la nada, sentía que había madurado como persona junto a ellos. Italia, Austria, Alemania y Francia, son algunos de los lugares que visitó para seguir evolucionando en sus escritos. Jamás olvidaría los dos años que pasó junto a Sigmund Freud, conociendo en profundidad las curiosidades del inconsciente y su implicación sobre el sexo. Freud, al igual que el resto de los intelectuales, se quedó cautivado por el intelecto de Lou. Ella siempre notó como esa forma de ser, un tanto diferente y escandalosa para la época, resultaba erótica para un sinfín de hombres y mujeres.

Mientras se quitaba el gran camisón, notó aquel pinchazo en el costado que no dejaba de atormentarla desde hacía meses. Su cuerpo se encogió, agarrotado del dolor e, instintivamente, movió su mano hacia la espalda para intentar agarrarlo. Estaba cansada, se acercaba su 76 cumpleaños y sus pasos cautelosos hacia los 80 se notaban en los huesos. Ya no era la joven de antaño. Friedrich, su esposo, le había señalado en varias ocasiones que debía acudir a un médico para que revisara su salud, pero ella se negó repetidamente. Ella podía con eso, y con más, no la iba a matar un simple dolor de espalda.

No obstante, aquella mañana del cinco de febrero de 1937, Lou prefirió quedarse durmiendo un poco más.

«No he hecho otra cosa que trabajar durante toda mi vida… ¿por qué? No pasará nada si hoy duermo un poco más. » Pensó.

Se tumbó sobre la cama y se acurrucó en un intento de recuperar el calor que la fría mañana alemana le había arrebatado. Se movió indecisa entre las sabanas, buscando aquel sueño que deseaba encontrar, pero que no llegaba. Finalmente, se hizo un ovillo de lana y suspiró con fuerza por última vez.

Lou Salomé (1861-1937) fue una mujer extremadamente liberal que influyó a notorias figuras entre las que se encuentran la de Nietzsche y Freud. Sus escritos fueron arrebatados por la Gestapo al poco de morir y su nombre se fue olvidando con el paso de los años. Ella fue una mujer fuerte e inteligente que siguió adelante, a pesar de los susurros y comentarios de la gente, pero su nombre quedó difuminado por el de los hombres que la rodearon y quienes son reconocidos hasta la actualidad.

Probablemente, no verás el nombre de Lou-Andreas Salomé en un libro, pero eso no debe impedirte recordarlo para que ella, al igual que muchas otras mujeres influyentes, no sean olvidada jamás.

Por el reconocimiento de la mujer en la ciencia.

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En colaboración del grupo de Polivulgadores para su edición de febrero de 2021 y en honor al día 11F por la mujer y niña en la ciencia #PVHerederas

La música del terror

La música es una parte totalmente importante en el cine. Ya en sus inicios, con aquel cine mudo, las notas de los instrumentos in vivo permitían al espectador situarse en la escena para transmitir miedo, sorpresa, tristeza o alegría, entre otras tantas emociones. Lo cierto es que la música y el cine comparten diversos procesos mentales que permiten incrementar la emocionalidad de estas remarcando en momentos concretos de la película.

¿Qué sería un drama sin el suave sonido de las cuerdas del violín?

Pensemos en un momento en la mítica película Tiburón (Jaws, 1975) que ganó un Óscar en su 45th edición a la mejor Banda Sonora (BSO). Este film ha pasado a ser uno de los clásicos indiscutibles del cine de terror y suspense que, además, ha iniciado una larga saga de películas que continúan hasta la actualidad. Aquella BSO, compuesta por John Williams, es un símbolo de la majestuosidad y poder que transmite un animal tan temido como es el tiburón. Y este fue el objetivo de Williams quien se centró en un registro muy alto que permitiera transmitir su aspecto amenazante. Hoy por hoy, resulta inevitable pensar en un tiburón, deslizándose sobre las aguas del mar, sin que vaya acompañado de esta melodía. Personalmente, aún sigo subiendo la música al máximo para disfrutar de esta obra del séptimo arte más de 45 años después de su estreno.

¿Y qué me dices de El Padrino (The Godfather, 1972)? O… ¿Star Wars (1977)? Seguro que ahora mismo estás pensando en esas notas emblemáticas que caracterizan a estas películas. La música nos conecta directamente con nuestros recuerdos. Estudios en pacientes diagnosticados con Enfermedad de Alzheimer han demostrado que la música permite evocar recuerdos de la memoria lejana, siendo una consecuencia de la emocionalidad que provocan las notas.  

La música nos conecta con nuestros recuerdos

Nunca me había terminado de percatar de la importancia de la música hasta que vi el filme de terror Insidious (2010). Ya sé, un poco tarde, pero mejor tarde que nunca.  

Joseph Bishara fue el encargado de componer la BSO de esta película. La canción fue interpretada por un cuarteto y un piano, que pasaban del completo silencio al ruido más estridente mezclando el violín atonal y rasposo, con golpes bruscos de piano que hacían saltar del asiento al espectador. De acuerdo con el propio compositor, su idea era que pasaras del completo suspense al “¿Qué acaba de pasar?”. Además, debo destacar la melodía “Tiptoe Through the Tulips” de Tiny Tim (1968) cuyas notas fuertes con el ukelele hicieron que se me pusieran los pelos de punta.  Es inevitable estremecerse con el sonido macabro de esta canción, la misma se ha visto relacionada con diversos eventos paranormales. Algunos creen que la propia canción está maldita.

Para poder adentrarme con mayor profundidad en esta temática, he revisado el libro Music in the Horror Film: Listening to Fear (2009), editado por Neil Lerner y publicado por Routledge. Es un libro que recomiendo si quieren ampliar más en estas ideas. El libro, no solo se centra en las películas de terror, sino que también considera los videojuegos, la televisión y los nuevos medios, términos que se han mencionado anteriormente en otros posts.

La música compuesta para el género de terror tiene el objetivo principal de desconcertar y sorprender a sus espectadores.

La música compuesta para el género de terror tiene el objetivo principal de desconcertar y sorprender a sus espectadores. Este efecto ha sido estudiando ampliamente en la psicología mediante el denominado “Sobresalto potenciado por el miedo” (SPM). Este es una reacción fisiológica refleja consecuencia de un estímulo que resulta novedoso y no esperado. El SPM es de naturaleza auditiva (por ejemplo, esos denominados “golpes” estridentes que mencionaba Joseph Bishara) o visual (por ejemplo, la aparición de un estímulo no esperado como un espíritu). La respuesta, completamente natural, incluiría una velocidad del parpadeo e incremento de la frecuencia cardiaca. Es decir, la música resulta un elemento tremendamente fundamental, la misma se coordina con la imagen y generan en nuestro cuerpo una auténtica respuesta fisiológica. Esto es algo difícil de alcanzar en otros géneros del séptimo arte. Según Lerner, los espectadores encuentran satisfacción al estar aterrorizados por secuencias que llegan a ser tanto realistas como increíbles, dado que el sentimiento de horror que transmiten se crea a partir del conocimiento del espectador que el filme no es real. El libro explora la forma en la que diferentes expertos tanto en la BSO, como en el guion y dirección de las películas, ha podido transmitir esta emoción. Algunas de las películas que se exploran en este libro son El exorcista (The Exorcist, 1973) o Psycho (1960),entre otras.A través de sus páginas, el lector podrá ir reflexionando sobre la participación de la música en el género y, concretamente, entre las diferentes secuencias de las mismas explotando recursos como la atonalidad, la disonancia no resuelta, los golpes instrumentales, entre otras técnicas cuyo objetivo final es el mismo, hacernos temblar.

Por lo tanto, si estás pensando en ver una buena película de terror, no olvides subir al máximo el volumen y apagar las luces para disfrutar al máximo de la experiencia.

El saco roto de la ciencia moderna

“La ciencia está atascada desde hace veinticinco años”. Decía René Thom allá por el 1991 y, ahora, es más evidente que nunca.

La ciencia se encuentra en un círculo vicioso que retroalimenta la mediocridad. Millones de euros, libras, dólares, etc., son vertidos a un enorme saco con un orificio en su base. Todo lo que entra, sale. Pero la ciencia moderna es así; funciona con números, olvida la calidad para premiar la cantidad, y favorece los contactos frente al potencial.

Probablemente, si está leyendo este artículo de opinión (subrayo y puntualizo que es una opinión), es porque se esté replanteando algunas ideas similares. Contextualicemos, lleva más de 20 años sentado frente al mismo escritorio, pensando en aquella idea que le hizo entregarse a la ciencia y que aún sigue sin estar resuelta. O, tal vez, es un estudiante que acaba de adentrarse en el apasionante mundo de la ciencia y está descubriendo cosas turbias en las que no se percató cuando era realizaba su trabajo final de grado/máster. Por otro lado, puede que sea una mente brillante que lleve toda su vida produciendo y trabajando con ímpetu para tener un CV espectacular, y está esperando llegar a esa línea, esa coma o esa tilde, que pueda rebatirme y criticarme con unas amargas letras a través de la pantalla. En cualquiera de los casos, estoy encanta de escuchar opiniones, al igual que usted está leyendo la mía. Aquí hemos venido a crear conocimiento, no a imponer ideas. Ese es el objetivo de la ciencia, ¿o no?

Le voy a ir explicando, paso por paso, cómo he llegado a la conclusión de que la ciencia es un saco roto. En este punto, es crucial añadir que mis comentarios se contextualizan a la ciencia en España y, asimismo, si hago mención a otro país lo aclararé. Por otro lado, dada mi experiencia, la mayoría de los comentarios serán en el campo de la Ciencias de la Salud y/o Ciencias.

Comencemos por el principio.

Un brillante estudiante de grado/licenciatura con una mente prodigiosa para memorizar material inservible para él, y que en este momento ya lo ha olvidado prácticamente todo, solicita una beca de estudios para el doctorado (FPU/FPI). ¿Por qué? Pues me atrevo a decir con casi total seguridad que porque puede, porque sabe que va a tener un contrato de trabajo de 1.000/1.500 euros mensuales durante 4 años, o más. Además, porque va a estar bajo la tutela del que fue su director de TFG/TFM y tendrá el camino hecho. El estudiante solo tendrá que seguir los pasos de director, y completar cada experimento cuidadosamente diseñado. Dejando a un lado que el estudiante de doctorado pasa a ser un mero esclavo del director, dado que en escasas ocasiones escucha a su pupilo, me gustaría centrarme en cómo se ha llegado a esta situación.

En España, existen dos tipos de becas públicas, principalmente, la beca FPI y la beca FPU. La primera depende de que el grupo de investigación que la solicita tenga proyectos que, a su vez, depende de la investigación en sí y del CV del IP que la solicita. Por otro lado, la beca FPU depende, en primer lugar, única y exclusivamente de la nota media del estudiante y, posteriormente, del CV del director. Ambas dos becas dependen, por lo tanto, de esa supuesta calidad investigadora del director que se evalúa en función del número de artículos publicados y dónde son publicados. Pensemos durante un momento en ese pequeño grupo que acaba de empezar, que desea romper la línea de investigación que se lleva en el gran grupo desde hace más de 50 años y, que cree en generar conocimiento. Se encuentra con varios problemas, el primero que su CV no tiene nada con respecto a esa “nueva línea” y, segundo, que probablemente no es tan potente como el director del gran grupo. ¿Entonces? Aquí llegamos a la primera conclusión de mis pensamientos. Se fomenta la misma línea y el mismo conocimiento, siendo duramente castigados a los que quieren alejarse de dicha línea. Solo los “grandes grupos” son los que pueden tener esclavos y continuar con el trabajo. Los apasionados por la ciencia deben conformarse con hacer horas extras para conseguir datos que le permitirán, con suerte, de aquí a que se jubilen sacar un proyecto nuevo.

Volviendo al estudiante de doctorado, pensemos durante un momento en aquellos alumnos (que son la gran mayoría) que no han alcanzado el mínimo para tener una FPU/FPI, pero que les apasiona la ciencia. ¿Qué ocurre? 1) Dejan la ciencia o, 2) Deciden seguir trabajando sin contrato y/o contrato a media jornada (falso, porque echan más) o 3) Deciden realizar su doctorado al mismo tiempo que trabajan (ahora mismo, estoy mirando hacia arriba mientras que pienso en este grupo de subesclavos, porque no llegan ni a esclavos. Mucho ánimo, campeones.). Es decir, tenemos a un grupo de personas que sienten devoción autentica por la ciencia y que están dispuestos a sacrificar hasta su ultimo gramo de cordura mental. ¿Por qué? Porque creen en la ciencia. ¿Para qué? Para nada. En cuanto terminen su doctorado, dado que no han tenido una beca FPU/FPI, no tendrán ningún contrato puente o ayuda mientras sacan una beca posdoctoral (difícilmente alcanzable dado que no tuvieron una de estas prestigiosas becas). Volveremos al punto 1. “Dejan la ciencia”, quizás por un tiempo o quizás para siempre.

¿Entienden cómo llegamos a la idea? Los mismos grupos van recibiendo subvenciones y son los únicos que tienen estudiantes. Todos los estudiantes que no forman parte de estos grupos, o los investigadores que se alejan de esta línea, deberán conseguir las siete bolas de dragón, tirar el anillo en el Monte del Destino y vender su alma a Belcebú para continuar con lo que ellos creen que es ciencia. Al final, nos encontramos con un individuo que se acerca a los 40, y que ha dedicado la mitad de su vida a la amada ciencia, arrastrándose por contratos temporales de mierda.

“Es que la ciencia es así” “Eso lo hemos tenido que pasar todos” Si en lugar de estudiar una carrera, hacer un máster y un doctorado, se hubieran metido de cajeros en el Mercado, ahora mismo tendrían un trabajo fijo con menos horas de trabajo y, probablemente, más sueldo. Triste.

Digamos que se ha decidido prostituir lo suficiente a la ciencia. ¡Al fin consigue un puesto en una universidad! Está sentado en ese escritorio pensando, ¿Ahora qué? ¡Vamos a crear ciencia!

*Entra un hada con alas, traje de oficina y un puñado de folios y carpetas*

  • Un segundo, antes de continuar con la ciencia debe completar toda estas horas de docencia, llevar aproximadamente unos treinta TFG/TFM y alguna tesis doctoral. Además, las horas de docencia son de evaluación continua, o sea que debe llevar prácticas, corregir trabajos y exámenes, hacer las clases dinámicas, a la vez que instructivas, que los alumnos no se aburran, pero que tampoco se piensen que es un cachondeo esto.
  • Pero, ¿Cuándo le dedicaré tiempo a la ciencia?
  • Usted verá, aunque… –  El hada revisa entre su puñado de papeles- Sí que necesita publicaciones para los sexenios.
  • ¡Si solo estoy contratado 8h/día!
  • ¿Tiene familia? ¿Hijos?
  • Sí.
  • Olvídese de ellos. Ahora su alma nos pertenece. Vaya pidiendo el divorcio, o sea un profesional de mierda. Usted elige. Nosotros SOLO le pedimos que lleve su docencia, al tiempo que alumnos, al tiempo que la investigación, y que todo sea de calidad.

Enhorabuena, formas parte del saco roto de la ciencia. *Aplausos, champán (de tu bolsillo dado que el departamento no tiene para más) y confeti (hecho con los trabajos de alumnos que se leyó por encima)*

En estos momentos, me gusta pensar en Alexander Fleming o en Marie Curie, en sus pequeños y sucios laboratorios haciendo ciencia; arriesgando, fallando y acertando en cada paso que daban, con algún que otro fallecido por el camino. ¿Imaginan eso hoy día? Me gusta pensar en Alexander Fleming, inyectando las primeras dosis de penicilina a Orvan Hess y Bumstead Juan, y apareciendo comités éticos, junto a la prensa, que no dejan de cuestionarse cada uno de sus pasos.

  • ¿Está seguro de que eso se puede probar en humanos? Quiero decir, ¿Va a inyectar un hongo? Puto asco, ¿no?
  • Y por no hablar de si sus resultados son generalizables. ¿Va a arriesgar vidas humanas?
  • ¿Y esa supuesta “vacuna” no será una forma de controlar la mente?
  • Eso, eso, ¿no querrá sacarnos nuestros secretos más profundos?
  • Si quiere saber secretos.¾ Susurra.¾ Yo creo que éste copió en un examen de la carrera.
  • ¡Dios mío! ¡Qué agotador! ¾ Grita Fleming e, instintivamente, tira la vacuna al suelo.

La ciencia se coge de la mano con la sociedad. Una sociedad que, hoy día, ve de la ciencia un negocio. Actualmente, nos encontramos en una situación de pandemia en la que grupos de todo el mundo han demostrado su potencial investigador. Hemos demostrado que somos capaces de salvar vidas, de hacer grandes cosas, pero la sociedad no para de rechazarlo. Nada es tan bueno como para ser real. ¿No? Además, tengo el apoyo indiscutible de este grupo de Facebook con personas que saben secretos de Estado y están dispuestos a publicarlos a cambios de un par de nudes.

Recuerden, cada vez que alguien dice que la vacuna del COVID19 es una farsa, un joven científico llora mientras prepara docencia online de calidad, corrige trabajos, tiene reuniones de departamento y olvida cómo era su vida antes de entregar su alma a la ciencia.

El paradigma del terror

El terror es un género que no pasa desapercibido en la industria del entretenimiento. Espectadores pagan por ver en una gran pantalla imágenes desagradables relacionadas con sus mayores temores: muerte, vida más allá, sangre, desmembramientos, entre otros. Es más, autores como Stephen King, Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, quienes son una eminencia en la literatura, son capaces de adentrarse en lo más profundo de nuestro inconsciente en tan solo unas líneas. Así, si en condiciones “normales”, una situación desagradable debería conducir a una respuesta de rechazo. ¿Qué es lo que tiene para enganchar a millones de personas?

Siendo más específicos, el visionado del cine de terror induce altos niveles de angustia, ansiedad y nerviosismo. Por lo tanto, ¿por qué millones de personas acuden voluntariamente a visualizar un contenido que les causa malestar? ¿Ver este cine nos permite limpiarnos de las emociones negativas? ¿O no es más que una forma de exponer  nuestras emociones reprimidas?

Un interesante estudio llevado a cabo en la Universidad de Pensilvania ha revisado la relación entre el cine de terror y los rasgos de personalidad en más de mil participantes. La paradoja del horror, como lo llaman ellos, es un fenómeno algo complejo. Es decir, no es lo mismo leer un libro de H. P. Lovecraft a solas en casa, que acudir a una mansión encantada con un grupo de amigos. El terror es solitario y social al mismo tiempo. Por otro lado, existen claras diferencias entre películas con contenido sobrenatural (por ejemplo, espíritus) frente a otras con material natural (por ejemplo, una masacre o asesinos en series).

¿Qué es lo que hace que nos guste un tipo de terror frente a otro?

Los investigadores encontraron que el consumo de este género está asociado con la búsqueda de sensaciones, además de con la estimulación intelectual e imaginativa. Por lo tanto, estos resultados apoyan las teorías de masoquismo benigno que señalan que las situaciones de amenaza simulada conllevan una estimulación emocional negativa. Es decir, exponernos a situaciones de amenaza virtuales (por ejemplo, libros, películas o videojuegos) nos permite adaptarnos y prepararnos a situaciones plausivamente reales. Concretamente, en el caso del terror sobrenatural frente al natural, se encontró que las personas con creencias hacia lo paranormal suelen buscar ese contenido, mientras que otros con pocas convicciones hacia lo sobrenatural prefieren otros medios de terror “más real”.

Otras medidas que han correlacionado con el género de terror han sido el sexo masculino y los grupos jóvenes de edad. Aunque estas medidas se han relacionado con un consumo social. Mientras grupos de personas se reúnen para ir a un bar o discoteca, otros prefieren disfrutar de la compañía, al mismo tiempo que tienen algún que otro susto.

Entonces, ¿Cuál es la fórmula del terror?

Las mejores obras de horror comparten tres aspectos que las hacen inmejorables: El miedo, la sorpresa y la anticipación. Aunque, claro está, dependerá del tipo de terror que te guste.

Por lo tanto, si cada vez que abres una plataforma de streaming, como Netflix, Prime Video o HBO, lo primero que haces es buscar películas de terror, no te preocupes, no tienes ninguna psicopatología grave. Simplemente formas parte del complejo, multidimensional y multifacético mundo del horror.

El juego

El sonido de las fichas era música para sus oídos. El ruido peculiar que realizaba un jugador inquieto con las manos era hipnótico; amontonaba y rompía torres de dinero plástico convulsivamente. Allí, apartado del mundo real, la vida era así. El verdadero valor de la moneda había pasado a ser una representación dúctil en forma de chapa.

Lucas había olvidado el placer que obtenía al comer en familia o tener una noche de sexo eventual. El hedonismo sólo se hallaba en el movimiento de las fichas antes de realizar una gran jugada. A veces incluso olvidaba sobre qué era esa jugada: póker, blackjack o ruleta. Se los conocía todos. Llevaba tantos años viendo la bola de cerámica dando vueltas que podría decir que sentía donde iba a caer. No siempre era exacto, pero tenía su método para estar por encima de la probabilidad. “Yo soy ese 1%” pensaba.

La casa siempre gana. Sabe cómo engañar y persuadir a su víctima a través de los sentidos. Cómo hacer que saque sus ahorros o empeñe las joyas de su madre y que, a pesar de eso, piense que sigue ganando. Lucas entró con monedas, pero solo las usó para sobornar al barquero.

Aqua

El ingrediente secreto de la Tierra. Curiosa molécula que, inevitablemente, tomó una forma líquida desencadenando una serie de acontecimientos que influyó en el desarrollo y mantenimiento de toda una forma de vida.

Sólida. Ordenada y ligada con otras en forma de cubo.

Líquida. Desordenada, incompresible y rompible para tomar la forma que lo contiene.

Gaseosa. Reina del caos. La completa anarquía para ocupar todo el espacio de una forma invisible.

Desde su forma más estricta hasta la más desordenada, es la masa madre de lo que somos. El agua recuerda la alegría y la tristeza. También es el ingrediente de canciones y poemas que inmortalizan con penumbra cómo la lluvia cae sobre todos por igual, sin importar la clase social o el grueso de su billetera. El agua es la balanza más ciega que existe.

El agua es vida y es muerte, siendo los engranajes que permiten que todo funcione. A pesar de ello, llenamos sus uniones de oxígeno e hidrógeno de plástico y basura.

¿Quiénes somos para morder la mano que nos da de comer?

Para más fotografías de José A. Álvarez recuerda visitar su Ínstagram: https://www.instagram.com/josealvarezphoto/ y sus portfolios: https://500px.com/josealvagr y https://josealvarezphoto.myportfolio.com/enlaces

La mirada indiscreta

Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos.

José Ortega y Gasset

El mito cuenta la historia de una hermosa ninfa, Clitia, la cual se enamoró Helios, el Dios del Sol. El amor no era correspondido, pues él estaba enamorado de su hermana Leucótoe. Al ser rechazada, Clitia entró en una profunda tristeza por la que dejó de comer y beber hasta que su cuerpo se fundió con la tierra y sus cabellos tornaron en pétalos que aún seguían buscando a su inalcanzable amor, el Sol.

«El Baile de los girasoles» fue realizada tras duras horas de trabajo del talentoso fotógrafo José A. Álvarez. El autor se enamoró de la vitalidad del girasol al igual que Clitia lo hizo de Helios. Admiró cómo la flor crece con libertad en un campo fértil y bien cultivado, transmitiendo la prosperidad y energía de sus áureos cabellos. Cuando los griegos relataron el mito de Clitia era imposible que conocieran la existencia del girasol, pues era nativo del continente americano. Sin embargo, la leyenda pareció haber sido escrita en sus mismas hojas pues el girasol tiene la presencia poderosa de un Dios. Tanto el color como la tamaño y forma les hizo recordar la efigie de una deidad.

El girasol, una simple flor que mira indiscreta al sol en busca de energía para nutrirse, ha sido objeto de interés de otros autores. Van Gogh y Monet fueron algunos de los pintores que vieron en un puñado de flores cortadas la magia de la alegría y optimismo que esta flor transmite. Empero, cuando el brillo en tono canario torna en mostaza, se transmite la lúgubre despedida. En esta imagen el campo de flores mira con tristeza al suelo, pues su amado se aleja en un dulce atardecer que presagia el final de un ciclo.  

El girasol recuerda con su brío que la clave del triunfo es no perder de vista el objetivo. Pero con cuidado, no quieras enraizarte al igual que Clitia mientras observaba día tras día a su amado. Así, «El Baile de los Girasoles» tiene presente que en ocasiones hay que cerrar un ciclo para inciar uno nuevo.

Para más fotografías de José A. Álvarez recuerda visitar su Ínstagram: https://www.instagram.com/josealvarezphoto/ y sus portfolios: https://500px.com/josealvagr y https://josealvarezphoto.myportfolio.com/enlaces

Si echas un vistazo, verás magia.

Obsesión

Ágata se miraba en el enorme espejo de su baño. Se miraba de un perfil y del otro, pero esa barriga seguía igual que hacía un mes. La acariciaba y se imaginaba cómo sería cuando estuviese de cinco o seis meses. Ese tiempo en el que la barriga es lo suficientemente grande como para que la gente sepa que la mujer está embarazada, pero no lo suficiente como para incapacitarla en su vida diaria. O eso pensaba ella por su previo embarazo. Tampoco es que esa idea le desagradara del todo, dado que pensar en ser el objeto de principal atención de alguien tampoco pintaba nada mal.

  • ¿Y si es niña? – le preguntaba a Antonio – Porque tiene que ser niña. Está claro.

Antonio era su marido desde hacía apenas tres meses. Era otro tipo más de los cinco matrimonios y divorcios. Antonio, al igual que los demás, era un hombre bueno que sentía cierta atracción por las mujeres trastornadas. Ni siquiera se había molestado en conocerlo o quererlo, para ella, él era un banco de esperma.

  • Ágata, tienes una falta de dos días. Aún puede ser que no estés embarazada – le contestó Antonio mientras se hacía el nudo de la corbata con indecisión.
  • Yo lo presiento, cariño – Ágata seguía mirándose en el espejo obviando la presencia de su marido – Como cuando me quedé embarazada de Marina. Podría decirse que percibí hasta el mismo momento en el que el ovario fue fecundado. Mi Marina salió del ovario izquierdo, por eso es tan rebelde – señaló. Antonio seguía preparándose para ir al trabajo sin hacer mucho caso al discurso de su mujer – Por cierto, recuerda que Marina llega a las seis y que tienes que ir a por ella al aeropuerto. Por fin se ha librado del mal nacido ese – susurró.
  • No te preocupes, lo tengo apuntado en la agenda. A las 4 tengo una reunión con el yesista y el carpintero. En cuanto termine, voy al aeropuerto – le contestó Antonio aun revisando su maleta antes de salir.

Se comprobó los bolsillos y besó a su mujer.

Ágata seguía imaginando su maternidad. Ser el centro de atención, que todos la cuiden y, lo más importante, tener una niña a la que poder vestir como si fuera una muñequita.

¿Y si sale niño? Pensó. No puede salir niño. Es imposible ¿Qué hago yo con un niño?

Movió la cabeza intentando sacar esa idea de sus pensamientos. Para ella era impensable la posibilidad de tener un varón naciendo de entre sus entrañas. La simple idea le daba arcadas.

Cuando Marina llegó a casa, Ágata la esperaba tumbada con los pies en alto en el sofá de su casa. Según ella expresaba continuamente mediante lamentos, no podía moverse debido a su estado y se había acomodado ciertos puntos de su casa para poder relajarse. Además, habían contratado a una limpiadora, Emilia, para que se encargara de las tareas del hogar. Aunque ahora con su hija en casa probablemente pudiesen repartirse las tareas domésticas con ella. A Ágata le agradaba la idea de que la ayudasen en casa, pero el hecho de que fuera sudamericana le hacía pensar que probablemente tenía la mano muy larga. Por si acaso, ella guardaba las cosas de valor en su joyero con la llave.

  • Mi hija querida – dijo cuando vio a Marina entrar en la habitación, la cual se acercó al sofá y le dio dos besos – Mira como está tu madre. Claro, la dejas sola para irte con ese maltratador.
  • ¿Cómo estás, mamá? – contestó, ignorando sus acusaciones. Un año antes, Marina escapó de un brote psicótico de su madre con su amor a primera vista. Para Ágata, Marina se había regresado por el mismo motivo por el que ella se había divorciado cinco veces, porque eran unos maltratadores en la visión del mundo de ella.
  • Pues, cariño, mañana tengo que ir al centro de salud para comprobar si estoy embarazada. Aunque yo tengo claro que sí hija mía, lo he notado en mis ovarios – Ágata se acarició el vientre como llevaba haciendo horas.
  • Pero, mamá, eso lo tiene que decir un profesional.
  • ¿Qué sabrán ellos?
  • Bueno, mamá, quizás deberías de cuidarte un poco. Tienes cuarenta y nueve años y formas parte del grupo de riesgo – señaló Marina, percibiendo que sus palabras estaban siendo ignoradas por su madre – Voy a dejar mis cosas en mi habitación. ¿Cuál es la mía?
  • Cariño, lo cierto es que no te he preparado una habitación en esta casa. Y cuando nos mudamos regalé todas tus cosas a Cáritas, si vieras la cara de felicidad que pusieron las monjas al ver tanta ropa nueva… – dijo Ágata con una sonrisa inocente.

Marina no dijo nada. Simplemente se giró, se contuvo y suspiró en un intento de no montar un espectáculo. Ella estaba bastante acostumbrada a las alucinaciones de su madre, por lo que, generalmente, prefería no echar más leña al fuego. Enfrentarse a su madre lo único que provocaría era una Tercera Guerra Mundial.

Revisó aquella enorme casa para comprobar cuál de las grandes habitaciones podía acomodar como suya. Identificó fácilmente la que era la habitación de su madre y, quitando esa, aún tenía cuatro habitaciones para elegir. Supuso que la que estaba decorada con motivo infantil sería para el onírico bebé, o sea que eligió otra que era pequeña, pero muy luminosa.  Tenía un gran ventanal que daba a un descampado completamente lleno de vegetación. La vista le permitía ver a lo lejos los grandes rosales que daban nombre a su ciudad: Villa del Rosal. Colocó su gran maleta encima de la cama desnuda y empezó a deshacerla con tranquilidad.

  • Lo siento, Ágata, pero no está embarazada – dijo el médico de cabecera después de revisar el test de orina.
  • Eso es imposible ¿He tenido otro aborto? – preguntó nerviosa mientras se agarraba la barriga.

Ágata sabía de la inutilidad de sus actos pues era la quinta vez que se repetía esa escena, pero empezó a llorar sin parar. El doctor Manzanares le ofreció una cajetilla de pañuelos que parecía tener preparada debajo de la mesa con su nombre escrita en ella.

  • Ágata, le vuelvo a repetir que el aborto implica estar embarazada y perderlo. Usted no se ha quedado embarazada, pero tiene que comprender que es normal. Ya no es una jovencita de veinte años. Ahora cuesta más, dado que le queda poca reserva ovárica – dijo el médico con prudencia mientras se recolocaba las gafas con el dedo índice.
  • ¡Menuda desgracia la mía! Yo creo que me han echado un mal de ojo que ha terminado con mi reserva ovárica porque cuando me quedé embarazada de Marina yo tenía mucha reserva ovárica, y todos mis óvulos eran perfectos.
  • Señora, entonces… ¿le receto otra caja de ácido fólico?

El médico, que ya estaba entrado en años, conocía a Ágata desde que fue trasladado al Centro de Salud de Villa del Rosa. Él, con su amplia experiencia, sabía que dijera lo que dijese, ella iba a continuar con su discurso sin sentido. Llegados a ese punto en el que apenas le quedaban unos años para jubilarse, prefería no atormentarse con discursos eternos sobre el sexo de los ángeles con una receptora que no recibía los mensajes que le enviaba.

  • Pobre mi marido, él ya se estaba haciendo una ilusión con su futura hija. Imagínate el disgusto que se va a llevar.

Marina no podía dormir. Llevaba tres noches escuchando los llantos incesantes de su madre tras descubrir que no estaba embarazada y, cuando conseguía pegar ojo, tenía pesadillas constantes con los últimos días con la que ahora era su expareja. El malestar que sentía era punzante y, a veces, no tenía fuerzas para salir siquiera de la cama. Algunos días era totalmente incapaz de comer. Todo lo que comía lo vomitaba, lo que la había conducido a una extrema pérdida de peso y una amenorrea de casi dos meses. Otras noches sus pesadillas se mezclaban con el sonido de fondo de su madre continuando el intento de concepción. Marina deseaba poder irse de allí, pero sin dinero iba a ser complicado.

Al mes siguiente, Ágata siguió señalando la desgracia que había caído sobre su familia al no quedarse embarazada. Continuaron los llantos y los días encerrada en su habitación. Los intentos de embarazo y los desprecios por fallar. La culpa era del esperma de su marido, que no era bueno. La culpa era del padre de Marina, que la había maldecido. La culpa era de Marina, porque su malestar afectaba a la fecundación. La culpa era de su propio padre, que había abusado de ella y la había dejado marcada para siempre en la desgracia. Las culpas incrementaban, pero ese bebé deseado no aparecía. Ágata mostraba constantemente su dolor y malestar mediante ataques de ira en los que lanzaba cualquier objeto que estuviera al alcance de sus manos que, con suerte, no alcanzaba a su ausente marido. Había llamado a hechiceras, a chamanes y a toda clase de personas que pudieran ayudarla con su problema de la fertilidad, pero todo era completamente inútil. Ágata no conseguía quedarse embarazada.

En casa, antonio empezó sintiendo pena por su mujer, después ira y, finalmente, asco. Por otro lado, Marina cada día tenía más miedo de su madre.

Una mañana cualquiera, en eso que Marina volvía de la compra, se encontró a su madre tirada en la cama con una sobredosis de sedantes. Tal era su sufrimiento que prefería no estar viva a estarlo y no ser madre de nuevo. Aquel día Antonio no estaba en casa y, cuando se enteró de la noticia, no parecía sorprenderle demasiado. Marina tenía miedo de dejarla sola, de que el intento de embarazo volviera a fracasar. Pero sobre todas las cosas, temía contarle que era ella quien estaba embarazada. Le sobrecogía la idea de contarle que había descubierto en una prueba rutinaria que dentro de sus entrañas se estaba engendrando una criatura. Una criatura que nacería sin un padre y con una abuela inestable. Durante ese mes, intentó buscar un trabajo que le permitiera irse de casa, pero el embarazo era cada vez más evidente. Finalmente, un día decidió entrar en la habitación de su madre mientras que ésta se encontraba tendida sobre la cama rodeada de pañuelos y antidepresivos.

  • Mamá, estoy embarazada.

Ágata levantó su mirada para encontrarse con la de su hija. Paralizada, revisó el vientre de su hija para comprobar que estaba más abultado que hacía unos meses, aunque apenas se había percatado.

¡Maldita niña asquerosa! Tenía que quitame a mi hija. A mi niñita para quedársela ella. Pensó. También pensó en ahogarla y en arrojarle el reloj despertador que se encontraba encima de la mesita de noche. Se replanteó gritar y agarrar el bote de antidepresivos para tomárselo de golpe.

  • Mamá, ¿me dices algo? – preguntó inquieta ante el silencio de su madre, mientras movía los dedos con nerviosismo. Podía ver los pensamientos de su madre como si se tratara de una película muda.
  • Hija, esa es una gran noticia y como eres digna hija de tu madre, seguro que tienes una hija. Esa es la herencia de esta familia – dijo, mientras le tocaba el vientre a su hija – por supuesto, esta criatura nacerá en el entorno familiar adecuado. Con una madre y una abuela que la querrán y cuidarán de ella.
  • Si quieres puedo hablar yo con Antonio. Seguro que le hace muy feliz saber que va a ser abuelo – señaló Marina, percatándose que en su discurso había olvidado a su marido. Lo mismo que lo hacía habitualmente, excepto cuando tenía que culpar a alguien de su incapacidad de darle una hija. Entonces no se olvidaba de él.
  • No te preocupes, hija, ya se lo contaré yo.– respondió su madre mientras se retiraba las lágrimas de las mejillas y sonreía pérfidamente – Por supuesto, no queremos que las vecinas digan que eres una buscona… por eso diremos que es mi hija. Ya sabes que todo el mundo conoce nuestros intentos de ser padres, nadie sospechará de una mujer casada que tiene una hija que buscaba. Mientras tanto te recomiendo que no salgas de casa. Por tu estado, claramente. Tampoco queremos que te vean con esa barriga. Te compraré ropas anchas por si acaso, ¿vale?

Ágata miraba la barriga de su hija y acercó el rostro esperando sentir a la criatura. Como deseando que esa criatura estuviera dentro de ella.

El embarazo continuó con un tono sombrío. Marina no podía salir de casa y solo comía lo que su madre le cocinaba. No podía ver a sus amigas de la universidad, ni siquiera al cartero cuando llegaba a casa. Cada vez se notaba más y más hinchada. Ágata no permitía que se acercase nadie que no fuera ella misma. Antonio no podía hablar con Marina si Ágata no estaba presente. En una ocasión intentó a tocarle la barriga, queriendo sentir la patada de aquel bebé que se desarrollaba, y Ágata le golpeó con fuerza en la mano para impedírselo.

Antonio un día dejó de aparecer por la casa. Dejó una carta pidiéndole el divorcio a Ágata, junto con los papeles que tenía que firmar, además de una hermosa despedida para Marina y su futura criatura. Ágata comprendió en ese momento que su marido estaba enamorado de su hija y que, muy probablemente, él era el padre de aquel bebé. Así, y tal como había hecho el padre de Marina, huyó del hogar al ver que su hija venía.

A los cinco meses la noticia llegó a ellas. Era una niña. Ágata lo sabía, lo tenía claro que iba a ser mujer pues era lo que dictaba su herencia. Una pequeña muñequita que vestir con diferentes trajes. Por otro lado, Marina empezaba a verse gorda. Solía llevar suéter gordo de lana y amplios vestidos. El estilo no le importaba dado que no salía de casa.

En ocasiones, veía a su madre poniéndose su ropa y mirándose en el espejo mientras se tocaba el embarazo psicológico. Otras veces se despertaba en mitad de la noche y allí estaba ella, echada sobre su barriga y hablando en sueños.

Ágata sentía que cuando estaba cerca de ese bebé, todos sus males desaparecían. Ya no sentía más dolor ni depresión. Olvidaba todos los males y se sentía realmente bien. Como no se había sentido nunca. Ese bebé era su vida.

Cuando Marina se despertó, Ágata yacía en su cama.

  • Mamá, deberías de irte a tu cama, que como sigas durmiendo aquí vas a terminar con la espalda fatal. A tu edad deberías cuidarte, que luego vienen los problemas – dijo Marina mientras sacaba las piernas de debajo de su madre – ¿Mamá? – preguntó de nuevo agitando incesantemente su cuerpo en busca de una respuesta.

Pero Ágata no respondió nunca más. Allí se quedó su madre con el rostro vacío y la mirada perdida. Su cuerpo, blanco como el papel, se había quedado petrificado sobre la cama de su hija rodeando a la nieta que nunca conocería.

Aquel gato negro miró la escena desde la ventana de su habitación. Tras acicalarse con cuidado saltó por la ventana hacia los rosales, como hacía siempre. Como si aquella escena fuese otra escena más en el diario de su vida. Como si fuera la parca que arrebata un alma y se viste en busca del siguiente.

Así, sin más.

En tus manos

El mar. Masa de agua salada que cubre la mayor parte de la superficie terrestre. Huella dactilar de la Tierra.

Curiosa molécula que, inevitablemente, tomó una forma líquida desencadenando una cadena de acontecimientos que influyó en el desarrollo y mantenimiento de toda una forma de vida.

Su sonido, el de las olas rompiendo sobre la costa o el simple movimiento es objeto de pensamientos y narraciones. Es deseo y terror.

Siendo el mar la extensión acuosa tan importante, ¿Qué clase de poder tiene esta raza sobre el dominio del majestuoso Neptuno?

Inmensidad para unos ojos infantes y sentina para unos adultos. Ojos que no ven, corazón que no siente. Son nuestros los ojos, pero es el corazón de La Madre Naturaleza.

Te presento esta hermosa fotografía tomada y editada por @akris.photography.
Las manos son un símbolo de la unión y apoyo mutuo entre el ser humano y el mar. Así, es tan necesario el mar para nosotros como el mar nos necesita, siendo esta necesidad la de atenderlo y cuidarlo para que no se convierta en una alcantarilla.
Un curioso símbolo en esta fotografía es la decisión de la autora de elegir una ballena como personificación del mar. En este caso concreto es esencial recalcar que la autora es una experta y siente una especial pasión por cetáceos. En la actualidad, la ballena azul es el mamífero más grande con vida que se conozca. La ballena es representada con una majestuosidad que aterra. Siendo una criatura reconocida como pacífica y flemática, su colosal tamaño recuerda que la raza humana es una ínfima parte de la totalidad. En la fotografía, el cetáceo está saliendo del agua recordando la impresión de su poder al resurgir del mar. Referenciando las palabras del médico sueco Carl Gustav Jung, éste sería el subconsciente colectivo que resurge del más profundo océano de la inconsciencia.

Cada vez es más evidente el impacto de la especie humana sobre el mar. Dicho perjuicio actúa cual boomerang recordando que todo acto tiene su consecuencia y que ojos que no ven, corazón sí siente.

En palabras de la autora: Su destino está en tus manos, ¿las protegerías?

El paradigma de los sueños

Debes de estar preparado para arder en tu propio fuego: ¿Cómo sino podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?

Mi inspiración científica y divulgadora proviene de una figura emblemática en el área de la psicología y las neurociencias: Sigmund Freud. Un personaje que obvió las críticas del momento y fue capaz de mirar más allá. Freud me enseñó que dentro de la ciencia no hay que olvidar la creatividad, dado que ésta es la que permite salirse de los límites y poder alcanzar metas inigualables, como las que le llevaron a ser una figura referente en toda una línea de conocimiento.

Así, dejando de lado la evolución que han tenido las neurociencias, y concretamente la psicoterapia, es importante destacar que él aporto la chispa creativa a una ciencia basada en lobotomías, baños fríos y terapias electroconvulsivas. Por otro lado, sus escrituras, en un refinado alemán, permiten que la propia interpretación del lector lleve a diferentes ideas y líneas de pensamiento totalmente diferentes.

Para mí, Sigmund Freud fue uno de los grandes pioneros de su momento que, actualmente, se encuentra muy infravalorado. Dentro de las artes y las ciencias, supone el ejemplo de que el verdadero investigador no es aquel que se pasa toda su vida centrado en un área extensamente estudiada, sino aquel que es capaz de incluir en su investigación conocimientos y enseñanzas que quizás se salen de su espacio de confort.

Finalmente, os recomiendo el libro de Irvin D. Yalom, “El día que Nietzsche lloró” como un ejemplo narrativo de la imagen de un Freud novato que empieza a conocer lo que es investigar. Quizás, y solo digo quizás, seamos capaz de dejar de ver la ciencia como un entorno de competencia y más como uno de colaboración entre profesionales.