Lou Salomé

Lou se levantó de la cama con energía; primero el pie derecho y después el izquierdo. Como siempre le había dicho su madre, rusa de nacimiento. Ella había nacido y creído en una familia tradicional, siendo la pequeña, y única mujer, de seis hermanos. Recordaba en su cabeza las palabras de su padre:

  • Hija, deber tener la cabeza bien alta. Eres mujer, pero sobre todo eres persona. No lo olvides jamás.

Él, quien era un reconocido militar ruso, siempre había mostrado una relación tierna y cercana con su hija, al contrario que su madre que deseó con fuerza que ella hubiese nacido varón. Lou se había criado en una buena familia de clase alta, lo que le permitió llegar a escaleras de poder difícilmente alcanzables para otras mujeres. Además, le hizo desarrollar una mente libre y creativa, lejana a las tradiciones religiosas rusas. Poco a poco se fue separando de la iglesia, hasta que la relación que tenía con esta se cerró a las conversaciones típicas con su profundo subconsciente. Ella buscaba conocimiento y nutrición intelectual, aburriéndose de las meras conversaciones sobre moda y estilismo con otras damas cercanas a su círculo social. Sabía que, debido a su género, tendría más dificultades que un hombre, pero eso no le impidió seguir avanzado.

Ella era hermosa y atrevida, cualidad que le había permitido acercarse a grandes mentes como Friedrich Nietzsche y Paul Rée, con quienes había compartido un sublime trío intelectual denominado la Trinidad. Con ellos había disfrutado de intensas y eternas conversaciones sobre el todo y la nada, sentía que había madurado como persona junto a ellos. Italia, Austria, Alemania y Francia, son algunos de los lugares que visitó para seguir evolucionando en sus escritos. Jamás olvidaría los dos años que pasó junto a Sigmund Freud, conociendo en profundidad las curiosidades del inconsciente y su implicación sobre el sexo. Freud, al igual que el resto de los intelectuales, se quedó cautivado por el intelecto de Lou. Ella siempre notó como esa forma de ser, un tanto diferente y escandalosa para la época, resultaba erótica para un sinfín de hombres y mujeres.

Mientras se quitaba el gran camisón, notó aquel pinchazo en el costado que no dejaba de atormentarla desde hacía meses. Su cuerpo se encogió, agarrotado del dolor e, instintivamente, movió su mano hacia la espalda para intentar agarrarlo. Estaba cansada, se acercaba su 76 cumpleaños y sus pasos cautelosos hacia los 80 se notaban en los huesos. Ya no era la joven de antaño. Friedrich, su esposo, le había señalado en varias ocasiones que debía acudir a un médico para que revisara su salud, pero ella se negó repetidamente. Ella podía con eso, y con más, no la iba a matar un simple dolor de espalda.

No obstante, aquella mañana del cinco de febrero de 1937, Lou prefirió quedarse durmiendo un poco más.

«No he hecho otra cosa que trabajar durante toda mi vida… ¿por qué? No pasará nada si hoy duermo un poco más. » Pensó.

Se tumbó sobre la cama y se acurrucó en un intento de recuperar el calor que la fría mañana alemana le había arrebatado. Se movió indecisa entre las sabanas, buscando aquel sueño que deseaba encontrar, pero que no llegaba. Finalmente, se hizo un ovillo de lana y suspiró con fuerza por última vez.

Lou Salomé (1861-1937) fue una mujer extremadamente liberal que influyó a notorias figuras entre las que se encuentran la de Nietzsche y Freud. Sus escritos fueron arrebatados por la Gestapo al poco de morir y su nombre se fue olvidando con el paso de los años. Ella fue una mujer fuerte e inteligente que siguió adelante, a pesar de los susurros y comentarios de la gente, pero su nombre quedó difuminado por el de los hombres que la rodearon y quienes son reconocidos hasta la actualidad.

Probablemente, no verás el nombre de Lou-Andreas Salomé en un libro, pero eso no debe impedirte recordarlo para que ella, al igual que muchas otras mujeres influyentes, no sean olvidada jamás.

Por el reconocimiento de la mujer en la ciencia.

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En colaboración del grupo de Polivulgadores para su edición de febrero de 2021 y en honor al día 11F por la mujer y niña en la ciencia #PVHerederas

El saco roto de la ciencia moderna

“La ciencia está atascada desde hace veinticinco años”. Decía René Thom allá por el 1991 y, ahora, es más evidente que nunca.

La ciencia se encuentra en un círculo vicioso que retroalimenta la mediocridad. Millones de euros, libras, dólares, etc., son vertidos a un enorme saco con un orificio en su base. Todo lo que entra, sale. Pero la ciencia moderna es así; funciona con números, olvida la calidad para premiar la cantidad, y favorece los contactos frente al potencial.

Probablemente, si está leyendo este artículo de opinión (subrayo y puntualizo que es una opinión), es porque se esté replanteando algunas ideas similares. Contextualicemos, lleva más de 20 años sentado frente al mismo escritorio, pensando en aquella idea que le hizo entregarse a la ciencia y que aún sigue sin estar resuelta. O, tal vez, es un estudiante que acaba de adentrarse en el apasionante mundo de la ciencia y está descubriendo cosas turbias en las que no se percató cuando era realizaba su trabajo final de grado/máster. Por otro lado, puede que sea una mente brillante que lleve toda su vida produciendo y trabajando con ímpetu para tener un CV espectacular, y está esperando llegar a esa línea, esa coma o esa tilde, que pueda rebatirme y criticarme con unas amargas letras a través de la pantalla. En cualquiera de los casos, estoy encanta de escuchar opiniones, al igual que usted está leyendo la mía. Aquí hemos venido a crear conocimiento, no a imponer ideas. Ese es el objetivo de la ciencia, ¿o no?

Le voy a ir explicando, paso por paso, cómo he llegado a la conclusión de que la ciencia es un saco roto. En este punto, es crucial añadir que mis comentarios se contextualizan a la ciencia en España y, asimismo, si hago mención a otro país lo aclararé. Por otro lado, dada mi experiencia, la mayoría de los comentarios serán en el campo de la Ciencias de la Salud y/o Ciencias.

Comencemos por el principio.

Un brillante estudiante de grado/licenciatura con una mente prodigiosa para memorizar material inservible para él, y que en este momento ya lo ha olvidado prácticamente todo, solicita una beca de estudios para el doctorado (FPU/FPI). ¿Por qué? Pues me atrevo a decir con casi total seguridad que porque puede, porque sabe que va a tener un contrato de trabajo de 1.000/1.500 euros mensuales durante 4 años, o más. Además, porque va a estar bajo la tutela del que fue su director de TFG/TFM y tendrá el camino hecho. El estudiante solo tendrá que seguir los pasos de director, y completar cada experimento cuidadosamente diseñado. Dejando a un lado que el estudiante de doctorado pasa a ser un mero esclavo del director, dado que en escasas ocasiones escucha a su pupilo, me gustaría centrarme en cómo se ha llegado a esta situación.

En España, existen dos tipos de becas públicas, principalmente, la beca FPI y la beca FPU. La primera depende de que el grupo de investigación que la solicita tenga proyectos que, a su vez, depende de la investigación en sí y del CV del IP que la solicita. Por otro lado, la beca FPU depende, en primer lugar, única y exclusivamente de la nota media del estudiante y, posteriormente, del CV del director. Ambas dos becas dependen, por lo tanto, de esa supuesta calidad investigadora del director que se evalúa en función del número de artículos publicados y dónde son publicados. Pensemos durante un momento en ese pequeño grupo que acaba de empezar, que desea romper la línea de investigación que se lleva en el gran grupo desde hace más de 50 años y, que cree en generar conocimiento. Se encuentra con varios problemas, el primero que su CV no tiene nada con respecto a esa “nueva línea” y, segundo, que probablemente no es tan potente como el director del gran grupo. ¿Entonces? Aquí llegamos a la primera conclusión de mis pensamientos. Se fomenta la misma línea y el mismo conocimiento, siendo duramente castigados a los que quieren alejarse de dicha línea. Solo los “grandes grupos” son los que pueden tener esclavos y continuar con el trabajo. Los apasionados por la ciencia deben conformarse con hacer horas extras para conseguir datos que le permitirán, con suerte, de aquí a que se jubilen sacar un proyecto nuevo.

Volviendo al estudiante de doctorado, pensemos durante un momento en aquellos alumnos (que son la gran mayoría) que no han alcanzado el mínimo para tener una FPU/FPI, pero que les apasiona la ciencia. ¿Qué ocurre? 1) Dejan la ciencia o, 2) Deciden seguir trabajando sin contrato y/o contrato a media jornada (falso, porque echan más) o 3) Deciden realizar su doctorado al mismo tiempo que trabajan (ahora mismo, estoy mirando hacia arriba mientras que pienso en este grupo de subesclavos, porque no llegan ni a esclavos. Mucho ánimo, campeones.). Es decir, tenemos a un grupo de personas que sienten devoción autentica por la ciencia y que están dispuestos a sacrificar hasta su ultimo gramo de cordura mental. ¿Por qué? Porque creen en la ciencia. ¿Para qué? Para nada. En cuanto terminen su doctorado, dado que no han tenido una beca FPU/FPI, no tendrán ningún contrato puente o ayuda mientras sacan una beca posdoctoral (difícilmente alcanzable dado que no tuvieron una de estas prestigiosas becas). Volveremos al punto 1. “Dejan la ciencia”, quizás por un tiempo o quizás para siempre.

¿Entienden cómo llegamos a la idea? Los mismos grupos van recibiendo subvenciones y son los únicos que tienen estudiantes. Todos los estudiantes que no forman parte de estos grupos, o los investigadores que se alejan de esta línea, deberán conseguir las siete bolas de dragón, tirar el anillo en el Monte del Destino y vender su alma a Belcebú para continuar con lo que ellos creen que es ciencia. Al final, nos encontramos con un individuo que se acerca a los 40, y que ha dedicado la mitad de su vida a la amada ciencia, arrastrándose por contratos temporales de mierda.

“Es que la ciencia es así” “Eso lo hemos tenido que pasar todos” Si en lugar de estudiar una carrera, hacer un máster y un doctorado, se hubieran metido de cajeros en el Mercado, ahora mismo tendrían un trabajo fijo con menos horas de trabajo y, probablemente, más sueldo. Triste.

Digamos que se ha decidido prostituir lo suficiente a la ciencia. ¡Al fin consigue un puesto en una universidad! Está sentado en ese escritorio pensando, ¿Ahora qué? ¡Vamos a crear ciencia!

*Entra un hada con alas, traje de oficina y un puñado de folios y carpetas*

  • Un segundo, antes de continuar con la ciencia debe completar toda estas horas de docencia, llevar aproximadamente unos treinta TFG/TFM y alguna tesis doctoral. Además, las horas de docencia son de evaluación continua, o sea que debe llevar prácticas, corregir trabajos y exámenes, hacer las clases dinámicas, a la vez que instructivas, que los alumnos no se aburran, pero que tampoco se piensen que es un cachondeo esto.
  • Pero, ¿Cuándo le dedicaré tiempo a la ciencia?
  • Usted verá, aunque… –  El hada revisa entre su puñado de papeles- Sí que necesita publicaciones para los sexenios.
  • ¡Si solo estoy contratado 8h/día!
  • ¿Tiene familia? ¿Hijos?
  • Sí.
  • Olvídese de ellos. Ahora su alma nos pertenece. Vaya pidiendo el divorcio, o sea un profesional de mierda. Usted elige. Nosotros SOLO le pedimos que lleve su docencia, al tiempo que alumnos, al tiempo que la investigación, y que todo sea de calidad.

Enhorabuena, formas parte del saco roto de la ciencia. *Aplausos, champán (de tu bolsillo dado que el departamento no tiene para más) y confeti (hecho con los trabajos de alumnos que se leyó por encima)*

En estos momentos, me gusta pensar en Alexander Fleming o en Marie Curie, en sus pequeños y sucios laboratorios haciendo ciencia; arriesgando, fallando y acertando en cada paso que daban, con algún que otro fallecido por el camino. ¿Imaginan eso hoy día? Me gusta pensar en Alexander Fleming, inyectando las primeras dosis de penicilina a Orvan Hess y Bumstead Juan, y apareciendo comités éticos, junto a la prensa, que no dejan de cuestionarse cada uno de sus pasos.

  • ¿Está seguro de que eso se puede probar en humanos? Quiero decir, ¿Va a inyectar un hongo? Puto asco, ¿no?
  • Y por no hablar de si sus resultados son generalizables. ¿Va a arriesgar vidas humanas?
  • ¿Y esa supuesta “vacuna” no será una forma de controlar la mente?
  • Eso, eso, ¿no querrá sacarnos nuestros secretos más profundos?
  • Si quiere saber secretos.¾ Susurra.¾ Yo creo que éste copió en un examen de la carrera.
  • ¡Dios mío! ¡Qué agotador! ¾ Grita Fleming e, instintivamente, tira la vacuna al suelo.

La ciencia se coge de la mano con la sociedad. Una sociedad que, hoy día, ve de la ciencia un negocio. Actualmente, nos encontramos en una situación de pandemia en la que grupos de todo el mundo han demostrado su potencial investigador. Hemos demostrado que somos capaces de salvar vidas, de hacer grandes cosas, pero la sociedad no para de rechazarlo. Nada es tan bueno como para ser real. ¿No? Además, tengo el apoyo indiscutible de este grupo de Facebook con personas que saben secretos de Estado y están dispuestos a publicarlos a cambios de un par de nudes.

Recuerden, cada vez que alguien dice que la vacuna del COVID19 es una farsa, un joven científico llora mientras prepara docencia online de calidad, corrige trabajos, tiene reuniones de departamento y olvida cómo era su vida antes de entregar su alma a la ciencia.

El paradigma del terror

El terror es un género que no pasa desapercibido en la industria del entretenimiento. Espectadores pagan por ver en una gran pantalla imágenes desagradables relacionadas con sus mayores temores: muerte, vida más allá, sangre, desmembramientos, entre otros. Es más, autores como Stephen King, Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft, quienes son una eminencia en la literatura, son capaces de adentrarse en lo más profundo de nuestro inconsciente en tan solo unas líneas. Así, si en condiciones “normales”, una situación desagradable debería conducir a una respuesta de rechazo. ¿Qué es lo que tiene para enganchar a millones de personas?

Siendo más específicos, el visionado del cine de terror induce altos niveles de angustia, ansiedad y nerviosismo. Por lo tanto, ¿por qué millones de personas acuden voluntariamente a visualizar un contenido que les causa malestar? ¿Ver este cine nos permite limpiarnos de las emociones negativas? ¿O no es más que una forma de exponer  nuestras emociones reprimidas?

Un interesante estudio llevado a cabo en la Universidad de Pensilvania ha revisado la relación entre el cine de terror y los rasgos de personalidad en más de mil participantes. La paradoja del horror, como lo llaman ellos, es un fenómeno algo complejo. Es decir, no es lo mismo leer un libro de H. P. Lovecraft a solas en casa, que acudir a una mansión encantada con un grupo de amigos. El terror es solitario y social al mismo tiempo. Por otro lado, existen claras diferencias entre películas con contenido sobrenatural (por ejemplo, espíritus) frente a otras con material natural (por ejemplo, una masacre o asesinos en series).

¿Qué es lo que hace que nos guste un tipo de terror frente a otro?

Los investigadores encontraron que el consumo de este género está asociado con la búsqueda de sensaciones, además de con la estimulación intelectual e imaginativa. Por lo tanto, estos resultados apoyan las teorías de masoquismo benigno que señalan que las situaciones de amenaza simulada conllevan una estimulación emocional negativa. Es decir, exponernos a situaciones de amenaza virtuales (por ejemplo, libros, películas o videojuegos) nos permite adaptarnos y prepararnos a situaciones plausivamente reales. Concretamente, en el caso del terror sobrenatural frente al natural, se encontró que las personas con creencias hacia lo paranormal suelen buscar ese contenido, mientras que otros con pocas convicciones hacia lo sobrenatural prefieren otros medios de terror “más real”.

Otras medidas que han correlacionado con el género de terror han sido el sexo masculino y los grupos jóvenes de edad. Aunque estas medidas se han relacionado con un consumo social. Mientras grupos de personas se reúnen para ir a un bar o discoteca, otros prefieren disfrutar de la compañía, al mismo tiempo que tienen algún que otro susto.

Entonces, ¿Cuál es la fórmula del terror?

Las mejores obras de horror comparten tres aspectos que las hacen inmejorables: El miedo, la sorpresa y la anticipación. Aunque, claro está, dependerá del tipo de terror que te guste.

Por lo tanto, si cada vez que abres una plataforma de streaming, como Netflix, Prime Video o HBO, lo primero que haces es buscar películas de terror, no te preocupes, no tienes ninguna psicopatología grave. Simplemente formas parte del complejo, multidimensional y multifacético mundo del horror.

Nueva Normalidad

Año 2071.

Raúl estaba tumbado en su sofá observando el despejado cielo virtual reflejado a través del proyector de hologramas. Nunca había conocido un cielo diferente al que presentaba el techo falso de todo hogar contemporáneo. Habían pasado cerca de 50 años desde que la pandemia de la COVID-19 fracturó la vida de 8.500 millones de personas provocando la denominada “nueva normalidad”. 51 años de nueva normalidad. ¿Hasta qué punto sigue siendo nueva?

El desarrollo tecnológico se había enfocado en acercar la vida fuera de casa dentro de la misma. Raúl nunca había salido de las cuatro paredes que formaban su vivienda, y tampoco es que le extrañara. Nunca había visto otra cosa que aquello que toda esa sofisticada tecnología quería mostrarle. Podía ser un clima lluvioso, un día soleado, los cerezos en flor, etc. Su padre le contaba que los viernes quedaba con sus amigos para tomar unas cervezas al salir del trabajo, y que algunas veces despertaba en sitios que no conocía. Raúl trabajaba desde casa, como todo el mundo, y quedar con los amigos era una práctica sinónima a hacer una videollamada. Le resultaba imposible concebir la idea de abrazar a un desconocido sin pensar en aquel maldito virus que andaba por el aire.  

En los años posteriores al inicio de la pandemia, los diferentes Gobiernos a lo largo del mundo intentaron que la responsabilidad individual premiara en el freno de los contagios. Práctica que difícilmente se consiguió. Por ello, y tras repetidos rebrotes, los Gobiernos tomaron control absoluto de las decisiones ciudadanas mediante un Estado de Alarma Absoluto. Cuestiones como la vida social, familiar y laboral pasó a ser asunto fundamental del Gobierno. Es decir, independencia, pareja, tener hijos o vacaciones requerían una aprobación previa mediante solicitud online. Raúl llevaba 2 años trabajando en una empresa de Marketing Digital y había podido demostrar solvencia económica para poder independizarse, por lo que la había solicitado hacía apenas unos meses cuando le fue aprobada. Con suerte podría tener una pareja dentro de poco. Le resultaba extraño estar con otra persona. Tocar a otra persona.

  • ¡Gilipolleces! – gritaba su abuelo- Cuando yo cumplí los 18 años me fui de casa de tus bisabuelos con mi novia de por aquel entonces. Le conté la trola a tu bisabuela que la carrera que quería estudiar estaba en otra provincia.- decía con una sonrisa pícara.

Cómo extrañaba a su abuelo.

La fertilidad era una cuestión altamente controlada por los poderes políticos con el objetivo de evitar una sobrepoblación que favoreciera la propagación del virus. Cada nacimiento debía ser previamente solicitado, el cual no era aprobado hasta que “quedaba algún hueco”. Una forma sutil y cordial para decir que había que esperar a que alguien muriera.

  • A la tierra le sobra humanos- comentó una vez su abuelo mientras comían en familia- Cuando yo era pequeño la gente no reciclaba las cosas. Las tiraba al suelo, así como si les estorbara de las manos.- decía mientras agitaba las manos como si tuviera algo pegajoso adherido a ellas- Y ¡ala! Te olvidabas de ellas.

El medio ambiente era otra cuestión fundamental para los Gobiernos. La polución redujo a puntos mínimos históricos. El desarrollo tecnológico había permitido realizar una separación y reciclaje del material de manera eficaz y automática. Además, mensualmente recibías un informe sobre tus residuos para señalarte si estos se encontraban por debajo o encima de la medía. Raúl llevaba un tiempo solicitando demasiada comida online y ya había recibido dos informes desfavorables. El tercero implicaría una multa de 100 euros por lo que decidió prepararse algo con lo que tenía por casa.

Sentado, mirando la estampa de su ventana artificial, dejó que sus pensamientos volaran. Como si de un movimiento automático se tratase, movía el tenedor enrollando los fríos espaguetis con salsa de tomate que se había preparado con poca gana.

¿Qué habrá ahí fuera? Pensó.

En ese momento, una extraña figura chocó contra el cristal haciéndolo quebrar y romper el holograma. La imagen virtual se quebró dejando paso a una estampa natural que no había visto nunca. Se sentó durante un segundo a observar aquel árbol moverse por la fuerza del viento, y se imaginaba a él sentado en la rama, sintiendo como esa ventisca le acariciaba el rostro. Quería oler aquel árbol.

Con suavidad, despegó la que había sido su ventana los últimos meses y sacó la cabeza. Lo primero que sintió fue los rayos de luz quemándole los bastones. Nunca había estado en contacto directo con el sol y, aunque era placentera, sentía cierto dolor de unos ojos que nunca habían conocido aquel tipo de estímulo. Con los ojos aún cerrados, pudo sentir el aire rozándole la cara. Era una sensación que ninguna maquina había podido imitar.

  • Mamá, hay alguien en esa ventana- dijo una suave voz bajo su cabeza. Raúl volvió a cerrar la ventana con pulso inquieto.
  • ¿Desde una ventana? Hija, eso es imposible, esa gente está enferma y no puede salir de casa.

¿Esa gente está enferma y no puede salir de casa? Resonó en su cabeza.

Esperó apoyado en la pared durante unos segundos que le parecieron eternos. Podía sentir como su corazón latía. Parecía que en cualquier momento se saldría del pecho. Respiró profundamente e intentó separar el holograma como si se tratara de una ventana que intentaba abrir.

Estaba en una primera planta. Debajo de su ventana pudo ver que todo era verde, era césped. Recordó ver alguna imagen en películas antiguas, pero nunca había tenido el placer de disfrutar de aquella estampa esmeralda con sus propios ojos.

Sin pensarlo demasiado saltó. Su tobillo se torció por el propio peso, y el impacto de la caída, provocándole un dolor novedoso que le hizo retorcerse sobre el suelo. Durante un momento miró al cielo. Observó aquellas figuras esponjosas que se posaban sobre el fondo azul. También sintió la humedad del césped sobre su piel. En ese instante recordó a su abuelo y entendió sus palabras.

¿Quién era el verdadero virus?