El juego

El sonido de las fichas era música para sus oídos. El ruido peculiar que realizaba un jugador inquieto con las manos era hipnótico; amontonaba y rompía torres de dinero plástico convulsivamente. Allí, apartado del mundo real, la vida era así. El verdadero valor de la moneda había pasado a ser una representación dúctil en forma de chapa.

Lucas había olvidado el placer que obtenía al comer en familia o tener una noche de sexo eventual. El hedonismo sólo se hallaba en el movimiento de las fichas antes de realizar una gran jugada. A veces incluso olvidaba sobre qué era esa jugada: póker, blackjack o ruleta. Se los conocía todos. Llevaba tantos años viendo la bola de cerámica dando vueltas que podría decir que sentía donde iba a caer. No siempre era exacto, pero tenía su método para estar por encima de la probabilidad. “Yo soy ese 1%” pensaba.

La casa siempre gana. Sabe cómo engañar y persuadir a su víctima a través de los sentidos. Cómo hacer que saque sus ahorros o empeñe las joyas de su madre y que, a pesar de eso, piense que sigue ganando. Lucas entró con monedas, pero solo las usó para sobornar al barquero.

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