Nueva Normalidad

Año 2071.

Raúl estaba tumbado en su sofá observando el despejado cielo virtual reflejado a través del proyector de hologramas. Nunca había conocido un cielo diferente al que presentaba el techo falso de todo hogar contemporáneo. Habían pasado cerca de 50 años desde que la pandemia de la COVID-19 fracturó la vida de 8.500 millones de personas provocando la denominada “nueva normalidad”. 51 años de nueva normalidad. ¿Hasta qué punto sigue siendo nueva?

El desarrollo tecnológico se había enfocado en acercar la vida fuera de casa dentro de la misma. Raúl nunca había salido de las cuatro paredes que formaban su vivienda, y tampoco es que le extrañara. Nunca había visto otra cosa que aquello que toda esa sofisticada tecnología quería mostrarle. Podía ser un clima lluvioso, un día soleado, los cerezos en flor, etc. Su padre le contaba que los viernes quedaba con sus amigos para tomar unas cervezas al salir del trabajo, y que algunas veces despertaba en sitios que no conocía. Raúl trabajaba desde casa, como todo el mundo, y quedar con los amigos era una práctica sinónima a hacer una videollamada. Le resultaba imposible concebir la idea de abrazar a un desconocido sin pensar en aquel maldito virus que andaba por el aire.  

En los años posteriores al inicio de la pandemia, los diferentes Gobiernos a lo largo del mundo intentaron que la responsabilidad individual premiara en el freno de los contagios. Práctica que difícilmente se consiguió. Por ello, y tras repetidos rebrotes, los Gobiernos tomaron control absoluto de las decisiones ciudadanas mediante un Estado de Alarma Absoluto. Cuestiones como la vida social, familiar y laboral pasó a ser asunto fundamental del Gobierno. Es decir, independencia, pareja, tener hijos o vacaciones requerían una aprobación previa mediante solicitud online. Raúl llevaba 2 años trabajando en una empresa de Marketing Digital y había podido demostrar solvencia económica para poder independizarse, por lo que la había solicitado hacía apenas unos meses cuando le fue aprobada. Con suerte podría tener una pareja dentro de poco. Le resultaba extraño estar con otra persona. Tocar a otra persona.

  • ¡Gilipolleces! – gritaba su abuelo- Cuando yo cumplí los 18 años me fui de casa de tus bisabuelos con mi novia de por aquel entonces. Le conté la trola a tu bisabuela que la carrera que quería estudiar estaba en otra provincia.- decía con una sonrisa pícara.

Cómo extrañaba a su abuelo.

La fertilidad era una cuestión altamente controlada por los poderes políticos con el objetivo de evitar una sobrepoblación que favoreciera la propagación del virus. Cada nacimiento debía ser previamente solicitado, el cual no era aprobado hasta que “quedaba algún hueco”. Una forma sutil y cordial para decir que había que esperar a que alguien muriera.

  • A la tierra le sobra humanos- comentó una vez su abuelo mientras comían en familia- Cuando yo era pequeño la gente no reciclaba las cosas. Las tiraba al suelo, así como si les estorbara de las manos.- decía mientras agitaba las manos como si tuviera algo pegajoso adherido a ellas- Y ¡ala! Te olvidabas de ellas.

El medio ambiente era otra cuestión fundamental para los Gobiernos. La polución redujo a puntos mínimos históricos. El desarrollo tecnológico había permitido realizar una separación y reciclaje del material de manera eficaz y automática. Además, mensualmente recibías un informe sobre tus residuos para señalarte si estos se encontraban por debajo o encima de la medía. Raúl llevaba un tiempo solicitando demasiada comida online y ya había recibido dos informes desfavorables. El tercero implicaría una multa de 100 euros por lo que decidió prepararse algo con lo que tenía por casa.

Sentado, mirando la estampa de su ventana artificial, dejó que sus pensamientos volaran. Como si de un movimiento automático se tratase, movía el tenedor enrollando los fríos espaguetis con salsa de tomate que se había preparado con poca gana.

¿Qué habrá ahí fuera? Pensó.

En ese momento, una extraña figura chocó contra el cristal haciéndolo quebrar y romper el holograma. La imagen virtual se quebró dejando paso a una estampa natural que no había visto nunca. Se sentó durante un segundo a observar aquel árbol moverse por la fuerza del viento, y se imaginaba a él sentado en la rama, sintiendo como esa ventisca le acariciaba el rostro. Quería oler aquel árbol.

Con suavidad, despegó la que había sido su ventana los últimos meses y sacó la cabeza. Lo primero que sintió fue los rayos de luz quemándole los bastones. Nunca había estado en contacto directo con el sol y, aunque era placentera, sentía cierto dolor de unos ojos que nunca habían conocido aquel tipo de estímulo. Con los ojos aún cerrados, pudo sentir el aire rozándole la cara. Era una sensación que ninguna maquina había podido imitar.

  • Mamá, hay alguien en esa ventana- dijo una suave voz bajo su cabeza. Raúl volvió a cerrar la ventana con pulso inquieto.
  • ¿Desde una ventana? Hija, eso es imposible, esa gente está enferma y no puede salir de casa.

¿Esa gente está enferma y no puede salir de casa? Resonó en su cabeza.

Esperó apoyado en la pared durante unos segundos que le parecieron eternos. Podía sentir como su corazón latía. Parecía que en cualquier momento se saldría del pecho. Respiró profundamente e intentó separar el holograma como si se tratara de una ventana que intentaba abrir.

Estaba en una primera planta. Debajo de su ventana pudo ver que todo era verde, era césped. Recordó ver alguna imagen en películas antiguas, pero nunca había tenido el placer de disfrutar de aquella estampa esmeralda con sus propios ojos.

Sin pensarlo demasiado saltó. Su tobillo se torció por el propio peso, y el impacto de la caída, provocándole un dolor novedoso que le hizo retorcerse sobre el suelo. Durante un momento miró al cielo. Observó aquellas figuras esponjosas que se posaban sobre el fondo azul. También sintió la humedad del césped sobre su piel. En ese instante recordó a su abuelo y entendió sus palabras.

¿Quién era el verdadero virus?

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