Obsesión

Ágata se miraba en el enorme espejo de su baño. Se miraba de un perfil y del otro, pero esa barriga seguía igual que hacía un mes. Se acariciaba la barriga y se imaginaba cómo sería cuando estuviese de 5 o 6 meses. Ese tiempo en el que la barriga es lo suficientemente grande como para que la gente sepa que está embarazada, pero no lo suficiente como para que esté incapacitada para hacer nada. Aunque esa idea no le desagradaba del todo. Pensar en alguien haciendo todo por ella tampoco pintaba tan mal.

  • ¿Y si es niña? – le preguntaba a Antonio, su marido desde hacía 3 meses – Porque tiene que ser niña. Está claro.
  • Ágata, tienes una falta de dos días. Aún puede ser que no estés embarazada – le contestó Antonio mientras se hacía el nudo de la corbata con indecisión en cómo llevarlo a cabo.
  • Yo lo presiento, cariño – Ágata seguía mirándose en el espejo – Como cuando me quedé embarazada de Marina. Podría decirse que percibí hasta el mismo momento en el que el ovario era fecundado. Mi Marina salió del ovario de izquierdo, por eso es tan rebelde – Antonio seguía preparándose para ir al trabajo sin hacer mucho caso al discurso de su mujer – Por cierto, recuerda que marina llega a las seis y que tienes que ir a por ella al aeropuerto. Por fin se ha librado del mal nacido ese – susurró.
  • No te preocupes, lo tengo apuntado en la agenda. A las 4 tengo una reunión con el yesista y el carpintero y, en cuanto termine, voy al aeropuerto – le contestó Antonio aun revisando su maleta antes de salir.

Se comprobó los bolsillos y besó a su mujer antes de ir a la constructora de la que él era encargado desde hacía 5 años.

Ágata seguía imaginando su maternidad. Ser el centro de atención, que todos la cuiden y, lo más importante, tener una niña a la que poder vestir como si fuera una muñequita.

¿Y si sale niño? Pensó. No puede salir niño. Es imposible ¿Qué hago yo con un niño?

Movió la cabeza intentando sacarla de sus pensamientos. Para ella era impensable la posibilidad de tener un varón naciendo de entre sus entrañas. La simple idea le daba arcadas.

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