Angustia

Me desperté con aquella sensación de agobio en el pecho. Mi corazón latía acelerado como si acabara de correr una maratón y me levanté de la cama con gran inquietud, en busca de algún tranquilizante que tuviera olvidado en la casa. El estrés de no encontrar alguna pastilla-milagro hizo que me sintiera cada vez peor. Me ahogaba. Sentía que en cualquier momento me iba a morir. Empecé a hiperventilar con intensidad, acción que empeoró la situación. Podía sentir como la piel se tensaba en cada una de las partes de mi cuerpo hasta hacerme sentir como una presa abarrotada de mi propio malestar.  No podía dejar de pensar en la muerte, en si esa era lo que se sentía. Pensé en si era el final de mi vida.

¿He disfrutado de la vida lo suficiente? ¿Me voy en paz? ¡Tengo tantas cosas aún por hacer! Pensé. ¿He sido buena o malo? ¿Acaso existe un cielo o un infierno?

No podía dejar de recordar aquella ocasión en la que vi a una anciana caerse y en cómo pasé de largo, como si no me importará.

¿Esa es la imagen que quiero que tengan?

No podía soportar la idea de morir sola, sin más compañía que esa sombra oscura que me acompañaba desde hacía más de 3 meses.

  • 061, dígame ¿Cuál es su emergencia? – contestó una voz femenina y agradable.
  • Hola… mire, creo que me estoy muriendo – dije con voz entrecortada mientras seguía hiperventilando.
  • ¿Le ocurre algo concreto? ¿Alguien le ha atacado? – preguntó con preocupación.
  • Me asfixio… No puedo respirar…
  • ¿Es usted asmático?
  • Acudan lo antes posible.
  • Una ambulancia llegará en breves.

No recuerdo si pasaron 10 minutos u horas cuando llegó la ambulancia. Encontré mi rincón de tranquilidad en la esquina de mi salón, entre el sofá y una lámpara que se encontraba apagada. A pesar de ello, tenía ganas de salir corriendo. Necesitaba escapar de aquellas cuatro paredes que me parecían cada vez más estrechas.

  • Un ataque de ansiedad – comentó uno de los paramédicos mientras me revisaba la tensión – ¿Qué crees que te lo ha provocado?
  • No lo sé, estaba dormida sin hacer nada en especial – respondí con el ritmo acelerado.

Me dieron una pastilla que me tuve que colocar bajo la lengua y se fueron, como si no fuera nada. Como si no les importará.

Cuando volví a mi dormitorio lo volví a sentir. Aquella cama vacía que hacía unos meses ocupaba el amor de mi vida. Ese amor que partió de forma egoísta dejándome con sus recuerdos y el olor de su ropa que aún parecía estar pegado en las sabanas. El lugar donde nos dimos nuestro último beso, momentos antes de que soltara su último aliento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *